/ jueves 27 de junio de 2019

Cruzando líneas

Los hubiera de la inmigración


La última fotografía de Óscar y Valeria no cuelga en la pared de la sala en una casa en

El Salvador. Es demasiado cruda. No muestra sus rostros, pero señala con descaro sus

espaldas rígidas. Ella, así pequeñita como cualquier niña de dos años, tiene sus

manitas sobre los hombros de su papá: Un último abrazo, ahora eterno. Sus cuerpos

no se mueven, sus pechos no se contraen, sus piernas no pelean contra la corriente…

solo flotan varados en la orilla del río Bravo. Los mató la corriente y la desesperación.

Tania Vanessa se convirtió en viuda y madre con brazos vacíos en cuestión de

minutos. Los suyos no lograron atravesar un cauce mortal que a ella le cedió el pase,

como si quisiera que se quedara viva para que atestiguara cómo el agua se llevaba lo

que más amaba. Pareciera que el destino decidía castigarla burlándose de ella y sus

esperanzas… de la necesidad.

En la frontera no solo se mueren los sueños, se descomponen los cuerpos, se entierran

huesos, se acaban vidas… algunas con violencia, como Óscar y Valeria, y otras, con la

culpa y una soledad impuesta por el luto, como Tania y sus fantasmas. Son –fueron-

una familia mártir de sistemas obsoletos de inmigración, de corrupción

gubernamental e indiferencia social. La imagen grita lo que las palabras no pueden

expresar. No hay discurso que logre desmentir a la muerte.

Mientras esa familia descubría la pesadilla americana, la materialización de todo lo

malo que les dijeron que podía pasar, Estados Unidos debatía una amenaza de redadas

lanzada por las redes sociales. Un tuit, no hizo falta más. Amenazas sin sustento; una

persecución psicológica para ganar la reelección. Lo mismo que el muro y los

aranceles. Paja política. Barullo. Desvío de atención. Estrategia electoral. Ola de

pánico. Redadas imaginarias.

Es irresponsable hablar del fenómeno migratorio tan a la ligera. La frontera no es un

mero estandarte de campaña. Migrar es algo complejo. En el río y en el desierto no

desfilan los trajes de diseñador ni los copetes rubios decolorados. Nada es blanco y

negro. Los matices se convierten en contrastes de un instante a otro; es una lucha por

sobrevivencia.

La complexidad del desplazamiento humano es tal que ningún gobierno alcanza a

comprenderla. No se trata solo de cerrar fronteras, construir muros, secuestrar el

comercio, intimidar a socios, ganar elecciones o anunciar redadas. No, la migración no

es un asunto político, sino humanitario; en realidad es un derecho entorpecido por

sistemas legales proteccionistas y elitistas.


Si Óscar, Tania y su pequeña Valeria hubieran tenido una vida digna en El Salvador,

quizá jamás se hubieran atrevido a agarrar norte; si en el camino se les hubieran

abierto las puertas, quizá no hubieran seguido avanzando; si cuando llegaron a la

frontera hubieran tenido la oportunidad de cruzar por la vía legal, quizá no habrían

cruzado el río. Si hubieran esperado a un asilo, quizá estarían vivos. Si hubieran

llegado bien a Estados Unidos, quizá temerían por las redadas. Si los hubieran

detenido y deportado, quizá no quisieran volver. Si se hubieran quedado y triunfado,

quizá los mataría la nostalgia.

Si hubieran.

Si hubieran.

Si hubieran.

Pero no. La vida real no se alimenta de supuestos; la política sí es una glotona de

especulaciones, tiene gula de drama y tragedia.

Los hubiera no consuelan, calan. Los hubiera son tan crueles como la muerte. Los

hubiera no devuelven vidas. Los hubiera son la cruz de cada migrante.


Maritza L. Félix es una periodista, productora y escritora independiente galardonada

con múltiples premios por sus trabajos de investigación periodística para prensa y

televisión en México, Estados Unidos y Europa.

Los hubiera de la inmigración


La última fotografía de Óscar y Valeria no cuelga en la pared de la sala en una casa en

El Salvador. Es demasiado cruda. No muestra sus rostros, pero señala con descaro sus

espaldas rígidas. Ella, así pequeñita como cualquier niña de dos años, tiene sus

manitas sobre los hombros de su papá: Un último abrazo, ahora eterno. Sus cuerpos

no se mueven, sus pechos no se contraen, sus piernas no pelean contra la corriente…

solo flotan varados en la orilla del río Bravo. Los mató la corriente y la desesperación.

Tania Vanessa se convirtió en viuda y madre con brazos vacíos en cuestión de

minutos. Los suyos no lograron atravesar un cauce mortal que a ella le cedió el pase,

como si quisiera que se quedara viva para que atestiguara cómo el agua se llevaba lo

que más amaba. Pareciera que el destino decidía castigarla burlándose de ella y sus

esperanzas… de la necesidad.

En la frontera no solo se mueren los sueños, se descomponen los cuerpos, se entierran

huesos, se acaban vidas… algunas con violencia, como Óscar y Valeria, y otras, con la

culpa y una soledad impuesta por el luto, como Tania y sus fantasmas. Son –fueron-

una familia mártir de sistemas obsoletos de inmigración, de corrupción

gubernamental e indiferencia social. La imagen grita lo que las palabras no pueden

expresar. No hay discurso que logre desmentir a la muerte.

Mientras esa familia descubría la pesadilla americana, la materialización de todo lo

malo que les dijeron que podía pasar, Estados Unidos debatía una amenaza de redadas

lanzada por las redes sociales. Un tuit, no hizo falta más. Amenazas sin sustento; una

persecución psicológica para ganar la reelección. Lo mismo que el muro y los

aranceles. Paja política. Barullo. Desvío de atención. Estrategia electoral. Ola de

pánico. Redadas imaginarias.

Es irresponsable hablar del fenómeno migratorio tan a la ligera. La frontera no es un

mero estandarte de campaña. Migrar es algo complejo. En el río y en el desierto no

desfilan los trajes de diseñador ni los copetes rubios decolorados. Nada es blanco y

negro. Los matices se convierten en contrastes de un instante a otro; es una lucha por

sobrevivencia.

La complexidad del desplazamiento humano es tal que ningún gobierno alcanza a

comprenderla. No se trata solo de cerrar fronteras, construir muros, secuestrar el

comercio, intimidar a socios, ganar elecciones o anunciar redadas. No, la migración no

es un asunto político, sino humanitario; en realidad es un derecho entorpecido por

sistemas legales proteccionistas y elitistas.


Si Óscar, Tania y su pequeña Valeria hubieran tenido una vida digna en El Salvador,

quizá jamás se hubieran atrevido a agarrar norte; si en el camino se les hubieran

abierto las puertas, quizá no hubieran seguido avanzando; si cuando llegaron a la

frontera hubieran tenido la oportunidad de cruzar por la vía legal, quizá no habrían

cruzado el río. Si hubieran esperado a un asilo, quizá estarían vivos. Si hubieran

llegado bien a Estados Unidos, quizá temerían por las redadas. Si los hubieran

detenido y deportado, quizá no quisieran volver. Si se hubieran quedado y triunfado,

quizá los mataría la nostalgia.

Si hubieran.

Si hubieran.

Si hubieran.

Pero no. La vida real no se alimenta de supuestos; la política sí es una glotona de

especulaciones, tiene gula de drama y tragedia.

Los hubiera no consuelan, calan. Los hubiera son tan crueles como la muerte. Los

hubiera no devuelven vidas. Los hubiera son la cruz de cada migrante.


Maritza L. Félix es una periodista, productora y escritora independiente galardonada

con múltiples premios por sus trabajos de investigación periodística para prensa y

televisión en México, Estados Unidos y Europa.

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