/ jueves 21 de noviembre de 2019

Cruzando líneas

La agonía de vivir


SONORA.- A todos se nos muere alguien; cada uno sobrevive a su manera. Esto de velar y enterrar es algo inevitable. Lo hacemos por ellos con la esperanza de que alguien lo haga por nosotros… ojalá no muy pronto. Nos cuesta mucho reconocer que vivimos en una eterna agonía, siempre esperando el último suspiro. Vivimos para morir o que se nos mueran. Lo sé, este año he sepultado a tres propios y a muchos ajenos.

También he muerto un poco y me han enterrado en vida; dos accidentes automovilísticos y una disputa familiar. De lo primero se sana, de lo segundo no me quiero curar. No soy la única. Somos muchos a los que a veces nos duele todo, hasta vivir. Es como algo crónico, como si nos empeñáramos a seguir respirando mientras a los que más queremos se nos van. Entonces desafiamos el significado estándar de la felicidad y descubrimos el propio: Sonreímos con los pequeños logros y nos festejamos nuestras victorias secretas; volvemos a la vida poco a poco, con instantes nada convencionales, con bálsamos de recuerdos. Renacemos con las costuras en el alma.

Hay quienes se codean más de cerca con la muerte, a veces sin deberla ni desearla; pero hay otros que le buscan la cara para vivir tranquilos. A mí me roza a cada rato; la he sentido desde los 3 años. Quizá ya hicimos las paces; me coquetea, pero me suelta; me deja contar las pérdidas ajenas. La he visto en las lágrimas de los míos tras suicidios e infartos; la he sentido a través de ellos, cuando ven los cuerpos de los suyos asesinados; la he maldecido cuando la distingo en los rostros desesperados de las madres que escarban fosas o desiertos. También la he pillado al natural, en sonrisas de aquellos que se van en paz.

La muerte es cruel y sarcástica, es perversa, como quien se sabe inevitable; también es retorcida con los que le temen, pero en extremo vulnerable con los que no. A veces, desnudarse ante ella, saberse indefenso, seguir sin miedo, es el remedio para continuar vivo. Todos, diría Jane Austen, somos mitad agonía y mitad esperanza.

La vida es su cómplice y su antídoto. Para algunos, la congoja del moribundo dura desde su primer momento de conciencia de mortandad; para otros, el abrazo del tiempo que se acaba poco a poco como uno mismo. Un abismo entre mentiras y realidades; entre deseos y finales; entre lo que se puede hacer y lo que se pudo haber hecho. Sí, la vida es el cementerio de rutinas y hubieras.

Federico García Lorca decía que la agonía de un cuerpo puede ser corta, pero la de un alma insatisfecha dura toda la vida. Por eso, quizá, sigo aquí y tú también. Somos como esos labios entreabiertos a punto de tocarse, pero que no logran besarse. La hemos visto a los ojos y no agachamos la mirada. Tal vez la espantaron nuestros sueños o -quisiera pensar- la conmovieron. Nos dio otro instante para que dejemos de pensar que tenemos tiempo. Y aquí estamos, entre lágrimas y despedidas, gastándonos los minutos. Yo quiero acabármelos así, sabiendo que nos vamos, con una agonía poco acongojada, con una resignación llena de ganas de vivir, con ellos, porque no sé si en ese más allá esté sola o habrá tiempo para reencuentros. Quiero amor aquí para llevarme a la eternidad.

Maritza L. Félix es una periodista, productora y escritora independiente galardonada con múltiples premios por sus trabajos de investigación periodística para prensa y televisión en México, Estados Unidos y Europa.

La agonía de vivir


SONORA.- A todos se nos muere alguien; cada uno sobrevive a su manera. Esto de velar y enterrar es algo inevitable. Lo hacemos por ellos con la esperanza de que alguien lo haga por nosotros… ojalá no muy pronto. Nos cuesta mucho reconocer que vivimos en una eterna agonía, siempre esperando el último suspiro. Vivimos para morir o que se nos mueran. Lo sé, este año he sepultado a tres propios y a muchos ajenos.

También he muerto un poco y me han enterrado en vida; dos accidentes automovilísticos y una disputa familiar. De lo primero se sana, de lo segundo no me quiero curar. No soy la única. Somos muchos a los que a veces nos duele todo, hasta vivir. Es como algo crónico, como si nos empeñáramos a seguir respirando mientras a los que más queremos se nos van. Entonces desafiamos el significado estándar de la felicidad y descubrimos el propio: Sonreímos con los pequeños logros y nos festejamos nuestras victorias secretas; volvemos a la vida poco a poco, con instantes nada convencionales, con bálsamos de recuerdos. Renacemos con las costuras en el alma.

Hay quienes se codean más de cerca con la muerte, a veces sin deberla ni desearla; pero hay otros que le buscan la cara para vivir tranquilos. A mí me roza a cada rato; la he sentido desde los 3 años. Quizá ya hicimos las paces; me coquetea, pero me suelta; me deja contar las pérdidas ajenas. La he visto en las lágrimas de los míos tras suicidios e infartos; la he sentido a través de ellos, cuando ven los cuerpos de los suyos asesinados; la he maldecido cuando la distingo en los rostros desesperados de las madres que escarban fosas o desiertos. También la he pillado al natural, en sonrisas de aquellos que se van en paz.

La muerte es cruel y sarcástica, es perversa, como quien se sabe inevitable; también es retorcida con los que le temen, pero en extremo vulnerable con los que no. A veces, desnudarse ante ella, saberse indefenso, seguir sin miedo, es el remedio para continuar vivo. Todos, diría Jane Austen, somos mitad agonía y mitad esperanza.

La vida es su cómplice y su antídoto. Para algunos, la congoja del moribundo dura desde su primer momento de conciencia de mortandad; para otros, el abrazo del tiempo que se acaba poco a poco como uno mismo. Un abismo entre mentiras y realidades; entre deseos y finales; entre lo que se puede hacer y lo que se pudo haber hecho. Sí, la vida es el cementerio de rutinas y hubieras.

Federico García Lorca decía que la agonía de un cuerpo puede ser corta, pero la de un alma insatisfecha dura toda la vida. Por eso, quizá, sigo aquí y tú también. Somos como esos labios entreabiertos a punto de tocarse, pero que no logran besarse. La hemos visto a los ojos y no agachamos la mirada. Tal vez la espantaron nuestros sueños o -quisiera pensar- la conmovieron. Nos dio otro instante para que dejemos de pensar que tenemos tiempo. Y aquí estamos, entre lágrimas y despedidas, gastándonos los minutos. Yo quiero acabármelos así, sabiendo que nos vamos, con una agonía poco acongojada, con una resignación llena de ganas de vivir, con ellos, porque no sé si en ese más allá esté sola o habrá tiempo para reencuentros. Quiero amor aquí para llevarme a la eternidad.

Maritza L. Félix es una periodista, productora y escritora independiente galardonada con múltiples premios por sus trabajos de investigación periodística para prensa y televisión en México, Estados Unidos y Europa.

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