/ jueves 28 de noviembre de 2019

Cruzando líneas

La contradicción de agradecer


ARIZONA.- Cuando un país sangra es muy difícil dar gracias; cuando una familia entierra a los suyos es un desafío ser agradecido; cuando un niño llora de impotencia hacia la adultez forzada es casi un sacrificio. Cuando los bolsillos se vacían y la salud se esfuma, agradecer es una contradicción. Somos humanos. Sufrimos. Nos agobiamos. La adversidad nos hace cerrar los ojos y el corazón. ¿Cómo se le hace, entonces, para sentir gratitud?

Dar gracias es hacer las paces con los demonios propios y sentarse en la mesa con ellos; es saber que Judas nos besa en casa y, a pesar de la traición inminente, cenar en paz. Es la reconciliación con la impotencia. Es el antagonismo a la cruenta realidad. Es el ir contra la corriente, con toda la vulnerabilidad que representa avanzar en sentido contrario. Es la única manera de sanar.

Hoy en Estados Unidos se celebra la tradición de dar gracias; se hace en medio de una contienda política intensa, una administración que se enfrenta al pueblo, unos centros de detención llenos de niños migrantes y familias desquebrajadas por un sistema obsoleto, y un rezago educativo provocado por la raza y la pobreza. Sí hoy, del lado Norte del muro, se dan gracias a pesar de todo… del presidente y hasta de nosotros mismos.

Los migrantes también damos gracias y lo hacemos en español. Festejamos una costumbre extranjera que hemos hecho nuestra; brindamos y bailamos, nos carcajeamos sin disimulo, le ponemos sazón al pavo y canela a la calabaza. Vibramos y nos burlamos. Sí, así como lo hacemos con la muerte lo hacemos con la tragedia y la gratitud.

Damos gracias, porque creemos que “Dios proveerá”, “todo pasa por algo”, “después de la tormenta viene la calma”, “Dios aprieta, pero no ahorca” y “siempre es más oscuro antes de amanecer”. Lo hacemos a pesar de “que nos lleva la tiznada”, “en el pecado está la penitencia”, “cuando no llueve, llovizna”, “no es lo duro, sino lo tupido” o “palabra y piedra suelta no tienen vuelta”.

¿Cómo se le hace, entonces, para sentir gratitud? Quizá es algo que está en los genes, en la raíz de la necesidad o el consuelo de la fe; algunos le llaman resiliencia. Cada uno agradece por lo que quiere y puede.

Por ejemplo, hoy en el comedor de la familia Langford hay tres sillas vacías, las de los asesinados en la emboscada en México; aun así, dan gracias por las otras sillas llenas de sobrevivientes. En la de la familia de Érika, la madre migrante separada de sus hijos, no hay pavo por la inestabilidad laboral que da el no tener papeles, pero su mesa no está vacía y por lo poco que tienen de comer, dan gracias. En el hogar de los Valenzuela Pérez tampoco hay lujos y la nostalgia se ha instalado en los rincones, pero sonríen y dan gracias por estar juntos a pesar de las semanas en las que pensaron que jamás volverían a verse y que sintieron que el mundo se les venía encima por buscar su sueño americano.

En este Día de Acción de Gracias, yo agradezco por todas las puertas que se cerraron este año, apenas hoy lo entiendo todo. Doy gracias por el despertar tras los accidentes y el dolor que me recuerda que soy más humana de lo que quisiera. Agradezco la inmensa e inagotable capacidad de sorpresa y la oportunidad de ver la vida a través de los ojos del corazón... Pero sobre todo doy gracias por aquellos que llenan mi vida de magia: a los que abrazo todos los días y a los que amo a distancia.

maritzalizethfelix@gmail.com

La contradicción de agradecer


ARIZONA.- Cuando un país sangra es muy difícil dar gracias; cuando una familia entierra a los suyos es un desafío ser agradecido; cuando un niño llora de impotencia hacia la adultez forzada es casi un sacrificio. Cuando los bolsillos se vacían y la salud se esfuma, agradecer es una contradicción. Somos humanos. Sufrimos. Nos agobiamos. La adversidad nos hace cerrar los ojos y el corazón. ¿Cómo se le hace, entonces, para sentir gratitud?

Dar gracias es hacer las paces con los demonios propios y sentarse en la mesa con ellos; es saber que Judas nos besa en casa y, a pesar de la traición inminente, cenar en paz. Es la reconciliación con la impotencia. Es el antagonismo a la cruenta realidad. Es el ir contra la corriente, con toda la vulnerabilidad que representa avanzar en sentido contrario. Es la única manera de sanar.

Hoy en Estados Unidos se celebra la tradición de dar gracias; se hace en medio de una contienda política intensa, una administración que se enfrenta al pueblo, unos centros de detención llenos de niños migrantes y familias desquebrajadas por un sistema obsoleto, y un rezago educativo provocado por la raza y la pobreza. Sí hoy, del lado Norte del muro, se dan gracias a pesar de todo… del presidente y hasta de nosotros mismos.

Los migrantes también damos gracias y lo hacemos en español. Festejamos una costumbre extranjera que hemos hecho nuestra; brindamos y bailamos, nos carcajeamos sin disimulo, le ponemos sazón al pavo y canela a la calabaza. Vibramos y nos burlamos. Sí, así como lo hacemos con la muerte lo hacemos con la tragedia y la gratitud.

Damos gracias, porque creemos que “Dios proveerá”, “todo pasa por algo”, “después de la tormenta viene la calma”, “Dios aprieta, pero no ahorca” y “siempre es más oscuro antes de amanecer”. Lo hacemos a pesar de “que nos lleva la tiznada”, “en el pecado está la penitencia”, “cuando no llueve, llovizna”, “no es lo duro, sino lo tupido” o “palabra y piedra suelta no tienen vuelta”.

¿Cómo se le hace, entonces, para sentir gratitud? Quizá es algo que está en los genes, en la raíz de la necesidad o el consuelo de la fe; algunos le llaman resiliencia. Cada uno agradece por lo que quiere y puede.

Por ejemplo, hoy en el comedor de la familia Langford hay tres sillas vacías, las de los asesinados en la emboscada en México; aun así, dan gracias por las otras sillas llenas de sobrevivientes. En la de la familia de Érika, la madre migrante separada de sus hijos, no hay pavo por la inestabilidad laboral que da el no tener papeles, pero su mesa no está vacía y por lo poco que tienen de comer, dan gracias. En el hogar de los Valenzuela Pérez tampoco hay lujos y la nostalgia se ha instalado en los rincones, pero sonríen y dan gracias por estar juntos a pesar de las semanas en las que pensaron que jamás volverían a verse y que sintieron que el mundo se les venía encima por buscar su sueño americano.

En este Día de Acción de Gracias, yo agradezco por todas las puertas que se cerraron este año, apenas hoy lo entiendo todo. Doy gracias por el despertar tras los accidentes y el dolor que me recuerda que soy más humana de lo que quisiera. Agradezco la inmensa e inagotable capacidad de sorpresa y la oportunidad de ver la vida a través de los ojos del corazón... Pero sobre todo doy gracias por aquellos que llenan mi vida de magia: a los que abrazo todos los días y a los que amo a distancia.

maritzalizethfelix@gmail.com

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