/ jueves 2 de julio de 2020

CRUZANDO LÍNEAS

El tren de la pandemia



¡Qué hartos nos tiene esta pandemia! Nos encierra y nos mata, nos hace darnos cuenta de qué tan vulnerables somos y qué tan indefensos estamos. ¿Hasta cuándo? Tenemos en cuarentena el cuerpo, el espíritu, los miedos, el bolsillo, las cuentas de Banco, la familia y la frontera. Y se nos está yendo la vida, mientras la vemos pasar. Pareciera que se burlara de uno, como si escondiera el antídoto a nuestra imperfección.

La pregunta ya no es ¿conoces a alguien con coronavirus?, sino ¿cuántos se te han ido por el coronavirus? Varios, quizá demasiados. Los conocía por sus nombres y no por sus números de caso en el hospital; sé quiénes los lloran y a quiénes se les destrozó la vida por esta enfermedad en la que ni siquiera ellos creían. Los doblegó a la mala.

Arizona poco a poco se convierte en el epicentro de la pandemia en Estados Unidos. Tenemos tres mil casos nuevos al día, en promedio y parece que nos hemos subido en un tren rápido en donde el conductor no quiere frenar; se resiste a dar reversa. No hemos aplanado la curva y pareciera que de poco sirvieron las semanas de aislamiento.

¿A dónde nos lleva este tren de la epidemia? ¿Quién nos lleva? ¿Para qué? ¡Que paren la locomotora que me quiero bajar!

¿Están atarantados ustedes también? ¿O soy la única que contiene el vértigo?

Me carcome la impotencia al ver los rostros de mis vecinos; ¿dónde está su cubrebocas?

Me gana la ansiedad al ver las fotos de fiestas familiares; ¿dónde quedó su distanciamiento social?

Se me retuercen las tripas al ver las líneas se los supermercados siempre llenas de caras sudorosas, descubiertas y con una cercanía casi insultante; ¡hazte para allá, carajo!

Me golpea el estómago la indiferencia ajena; ¿y si sigues tú?

Me entristece la frontera en silencio y la lejanía familiar; ¡cómo los extraño!

Me llena de rabia que no te la creas y mis brazos estén fríos por tu escepticismo; quiero que no me mates en soledad.

No soy la única a la que le gritan las entrañas de frustración y desesperación. Somos muchos; millones. Nos dan ganas de aventarlo todo y desafiar las probabilidades, de ser como ellos, a los que no les importa nada, los que no le temen ni al virus ni a la muerte, a los que sus teorías de conspiración parecieran salvarlos de la pandemia… pero nos detienen la conciencia y el amor. Sí, ¿qué tiene que ver el amor con todo esto? Es lo que se esconde en el miedo que nos da visitar a los que más queremos por el “por si acaso”; el que nos devuelve a casa cuando nos sacude el hartazgo; el que nos hace soñar en que habrá un mañana… y el que nos inyecta cada día una dosis de realidad. Así es el amor, contrastante y a veces duele; más en una pandemia.

Sigo en casa, mientras Arizona se desmorona casi entre mis manos. Ahora sé que el gobierno no planea dar reversa y prefiere el sacrificio humano a la pobreza comercial; así que me toca hacer lo mío, por los que quiero y por los que no se quieren. Quizá eso sea suficiente para ilusionarme con Navidad, manejar a casa y abrazar a mamá… quizá.

Maritza L. Félix es una periodista, productora y escritora independiente galardonada con múltiples premios por sus trabajos de investigación periodística para prensa y televisión en México, Estados Unidos y Europa.


El tren de la pandemia



¡Qué hartos nos tiene esta pandemia! Nos encierra y nos mata, nos hace darnos cuenta de qué tan vulnerables somos y qué tan indefensos estamos. ¿Hasta cuándo? Tenemos en cuarentena el cuerpo, el espíritu, los miedos, el bolsillo, las cuentas de Banco, la familia y la frontera. Y se nos está yendo la vida, mientras la vemos pasar. Pareciera que se burlara de uno, como si escondiera el antídoto a nuestra imperfección.

La pregunta ya no es ¿conoces a alguien con coronavirus?, sino ¿cuántos se te han ido por el coronavirus? Varios, quizá demasiados. Los conocía por sus nombres y no por sus números de caso en el hospital; sé quiénes los lloran y a quiénes se les destrozó la vida por esta enfermedad en la que ni siquiera ellos creían. Los doblegó a la mala.

Arizona poco a poco se convierte en el epicentro de la pandemia en Estados Unidos. Tenemos tres mil casos nuevos al día, en promedio y parece que nos hemos subido en un tren rápido en donde el conductor no quiere frenar; se resiste a dar reversa. No hemos aplanado la curva y pareciera que de poco sirvieron las semanas de aislamiento.

¿A dónde nos lleva este tren de la epidemia? ¿Quién nos lleva? ¿Para qué? ¡Que paren la locomotora que me quiero bajar!

¿Están atarantados ustedes también? ¿O soy la única que contiene el vértigo?

Me carcome la impotencia al ver los rostros de mis vecinos; ¿dónde está su cubrebocas?

Me gana la ansiedad al ver las fotos de fiestas familiares; ¿dónde quedó su distanciamiento social?

Se me retuercen las tripas al ver las líneas se los supermercados siempre llenas de caras sudorosas, descubiertas y con una cercanía casi insultante; ¡hazte para allá, carajo!

Me golpea el estómago la indiferencia ajena; ¿y si sigues tú?

Me entristece la frontera en silencio y la lejanía familiar; ¡cómo los extraño!

Me llena de rabia que no te la creas y mis brazos estén fríos por tu escepticismo; quiero que no me mates en soledad.

No soy la única a la que le gritan las entrañas de frustración y desesperación. Somos muchos; millones. Nos dan ganas de aventarlo todo y desafiar las probabilidades, de ser como ellos, a los que no les importa nada, los que no le temen ni al virus ni a la muerte, a los que sus teorías de conspiración parecieran salvarlos de la pandemia… pero nos detienen la conciencia y el amor. Sí, ¿qué tiene que ver el amor con todo esto? Es lo que se esconde en el miedo que nos da visitar a los que más queremos por el “por si acaso”; el que nos devuelve a casa cuando nos sacude el hartazgo; el que nos hace soñar en que habrá un mañana… y el que nos inyecta cada día una dosis de realidad. Así es el amor, contrastante y a veces duele; más en una pandemia.

Sigo en casa, mientras Arizona se desmorona casi entre mis manos. Ahora sé que el gobierno no planea dar reversa y prefiere el sacrificio humano a la pobreza comercial; así que me toca hacer lo mío, por los que quiero y por los que no se quieren. Quizá eso sea suficiente para ilusionarme con Navidad, manejar a casa y abrazar a mamá… quizá.

Maritza L. Félix es una periodista, productora y escritora independiente galardonada con múltiples premios por sus trabajos de investigación periodística para prensa y televisión en México, Estados Unidos y Europa.


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