/ jueves 16 de julio de 2020

Cruzando líneas

De la primavera al cumpleaños y el invierno




ARIZONA - Hace seis años mi mamá cruzó la frontera para conocer a sus nietos. Estaba ansiosa. Llegó un par de días antes de que nacieran y me acompañó durante su primer mes. El día que se devolvió a México no tuve tiempo ni de comer ni de bañarme y lloré de cansancio. Tuve que ser fuerte y me consolaba la idea que si el mundo se me caía encima, le podría llamar y ella volvería a cruzar la frontera; en cuatro horas estaría conmigo. Ahora no.

Las restricciones en la frontera se extendieron hasta agosto y lo más probable es que la pandemia y las elecciones alarguen el cierre parcial entre México y Estados Unidos. Ella se quedó allá y nosotros acá… y la tecnología no nos consuela.

Mis cuates cumplirán 6 y no habrá fiesta. No entienden por qué si ellos se han quedado en casa encerrados por cuatro meses, los abuelos no pueden venir a cantarles “Las Mañanitas” ni a partir el pastel. No se explican por qué el coronavirus no se va o por qué no podemos ir a visitar a tata y nana “si en el camino no tocamos nada”.

Mis hijos empiezan a renegar de esta nueva realidad en la que sus seres más queridos están tan lejos y no hay fecha próxima para poder abrazarlos.

-No los visitamos, porque los queremos, porque los cuidamos, porque no queremos enfermarlos -les explico.

La lógica no los consuela.

-¿Y por qué no vienen ellos? -preguntan una y otra vez.

-Porque la frontera está cerrada -les respondo.

-¿Y cuándo la van a abrir? ¿Para nuestro cumpleaños?

-Quizá para Navidad.

Ellos que le han hecho frente a la pandemia con aplomo, desde casa, están pagando los platos rotos de una sociedad indiferente a una pandemia que consideran ajena.

Ellos no entienden porque las vacaciones de primavera se han extendido hasta el verano -y quizá hasta el invierno- no pueden ir a Disneylandia como lo teníamos planeado justo para su cumpleaños.

Ellos que desde su inocencia han acatado las órdenes de quedarse en casa, no captan porque no pueden ver a sus amigos, ir a la escuela, salir al parque, ir de vacaciones, comer en restaurantes, salir por una nieve o viajar para estar en México con sus abuelos.

Yo tampoco lo entiendo.

Se me han acabado las excusas y he tenido que explicarles que no todos son como ellos y no todos hacen caso, por eso tenemos que pasar su cumpleaños solos y encerrados; les he dicho que tendrán que conformarse con abrazos virtuales, felicitaciones por zoom y obsequios por paquetería. Siguen siendo privilegiados y no dejo que se les olvide. Quizá estas lecciones son el mejor regalo que les puedo dar.

Feliz cumpleaños, mis cachorros.

Maritza L. Félix es una periodista, productora y escritora independiente galardonada con múltiples premios por sus trabajos de investigación periodística para prensa y televisión en México, Estados Unidos y Europa.

De la primavera al cumpleaños y el invierno




ARIZONA - Hace seis años mi mamá cruzó la frontera para conocer a sus nietos. Estaba ansiosa. Llegó un par de días antes de que nacieran y me acompañó durante su primer mes. El día que se devolvió a México no tuve tiempo ni de comer ni de bañarme y lloré de cansancio. Tuve que ser fuerte y me consolaba la idea que si el mundo se me caía encima, le podría llamar y ella volvería a cruzar la frontera; en cuatro horas estaría conmigo. Ahora no.

Las restricciones en la frontera se extendieron hasta agosto y lo más probable es que la pandemia y las elecciones alarguen el cierre parcial entre México y Estados Unidos. Ella se quedó allá y nosotros acá… y la tecnología no nos consuela.

Mis cuates cumplirán 6 y no habrá fiesta. No entienden por qué si ellos se han quedado en casa encerrados por cuatro meses, los abuelos no pueden venir a cantarles “Las Mañanitas” ni a partir el pastel. No se explican por qué el coronavirus no se va o por qué no podemos ir a visitar a tata y nana “si en el camino no tocamos nada”.

Mis hijos empiezan a renegar de esta nueva realidad en la que sus seres más queridos están tan lejos y no hay fecha próxima para poder abrazarlos.

-No los visitamos, porque los queremos, porque los cuidamos, porque no queremos enfermarlos -les explico.

La lógica no los consuela.

-¿Y por qué no vienen ellos? -preguntan una y otra vez.

-Porque la frontera está cerrada -les respondo.

-¿Y cuándo la van a abrir? ¿Para nuestro cumpleaños?

-Quizá para Navidad.

Ellos que le han hecho frente a la pandemia con aplomo, desde casa, están pagando los platos rotos de una sociedad indiferente a una pandemia que consideran ajena.

Ellos no entienden porque las vacaciones de primavera se han extendido hasta el verano -y quizá hasta el invierno- no pueden ir a Disneylandia como lo teníamos planeado justo para su cumpleaños.

Ellos que desde su inocencia han acatado las órdenes de quedarse en casa, no captan porque no pueden ver a sus amigos, ir a la escuela, salir al parque, ir de vacaciones, comer en restaurantes, salir por una nieve o viajar para estar en México con sus abuelos.

Yo tampoco lo entiendo.

Se me han acabado las excusas y he tenido que explicarles que no todos son como ellos y no todos hacen caso, por eso tenemos que pasar su cumpleaños solos y encerrados; les he dicho que tendrán que conformarse con abrazos virtuales, felicitaciones por zoom y obsequios por paquetería. Siguen siendo privilegiados y no dejo que se les olvide. Quizá estas lecciones son el mejor regalo que les puedo dar.

Feliz cumpleaños, mis cachorros.

Maritza L. Félix es una periodista, productora y escritora independiente galardonada con múltiples premios por sus trabajos de investigación periodística para prensa y televisión en México, Estados Unidos y Europa.

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