/ jueves 31 de marzo de 2022

Cruzando líneas

¡¿Estamos contratando?!


Soy parte de una coyuntura generacional en la que hablar de dinero es un tabú o un acto de rebelión. Nos criaron con la visión de que si trabajamos muy duro conseguiríamos esta estabilidad laboral que se reflejaría en nuestra solvencia económica. Por generaciones nos creímos el cuento de que si conseguimos asegurar un puesto en la compañía más grande de la región debíamos tomar la oportunidad de vivir, envejecer y trabajar casi casi en el mismo puesto; así aseguraríamos un cómodo retiro que, independientemente cuánto ganáramos, jamás sería suficiente.

Aprendimos a buscar oportunidades laborales en los económicos de los diarios. Son cortos y muy baratos para publicar. Los más elaborados solían obtener a los mejores candidatos: Se solicita tal o cual profesión y se ofrecen los beneficios de ley, un número de teléfono, fax o un correo electrónico y ya está. Yo también intenté conseguir mi primer trabajo así; no lo logré. ¡Qué bueno!

En periodismo, donde siempre hablamos de la importancia de rendición de cuentas y transparencia, pocas veces nos sinceramos con el tema de salario. Quizá nos avergonzamos de lo que ganamos; casi siempre es mucho menos de lo deberíamos cobrar. La necesidad nos ha obligado a conformarnos con poco, que es mejor que nada, por mucho tiempo.

Pero independientemente de la profesión -o la vocación-, todos somos parte de un sistema de reclutamiento de personal con descripciones genéricas que es obsoleto. Se publican las oportunidades laborales con una breve descripción de la empresa y un listado de cuáles son los requisitos, las habilidades deseadas, la escolaridad (si acaso), el compromiso de tiempo y viaje, las prestaciones, los beneficios, lo que el reclutador necesita. Publicar generalidades es lo más fácil, deja la puerta abierta a muchos dolores de cabeza.

¿Por qué no cambiamos la narrativa desde la raíz? Cuando identificamos en realidad de qué se trata el trabajo y cuáles son las habilidades que necesitamos para sumarse al equipo. Porqué nos escogemos las palabras que usaremos para describir la necesidad y el deseo; porqué relatamos la diversidad y el género y dejamos de hablar a la ligera de inclusión.

¿Por qué no nos sinceramos y decir que no cumplir con los requisitos está bien? ¿Por qué no hacemos este proceso más humano?

Cuando seamos así se transparentes y reales, conseguiremos mejores personas que soliciten el trabajo, que se sumen a un equipo, que crean en la misión de la organización, que representen los valores y que sean compensadas por ello.

Después de la pandemia y con la crisis de persona, ¿Cómo alentamos a alguien a sumarse a nuestro equipo? Nada volverá a ser. Todo ha cambiado. Ojalá que el cambio más radical sea el hablar del dinero y negociar, de valorar y ser valorado, de quitar los tabúes e incitar a una rebelión inteligente e intencionada del ambiente laboral. La toxicidad tiene que pasar de moda y tiene que hacerlo ya.

¡¿Estamos contratando?!


Soy parte de una coyuntura generacional en la que hablar de dinero es un tabú o un acto de rebelión. Nos criaron con la visión de que si trabajamos muy duro conseguiríamos esta estabilidad laboral que se reflejaría en nuestra solvencia económica. Por generaciones nos creímos el cuento de que si conseguimos asegurar un puesto en la compañía más grande de la región debíamos tomar la oportunidad de vivir, envejecer y trabajar casi casi en el mismo puesto; así aseguraríamos un cómodo retiro que, independientemente cuánto ganáramos, jamás sería suficiente.

Aprendimos a buscar oportunidades laborales en los económicos de los diarios. Son cortos y muy baratos para publicar. Los más elaborados solían obtener a los mejores candidatos: Se solicita tal o cual profesión y se ofrecen los beneficios de ley, un número de teléfono, fax o un correo electrónico y ya está. Yo también intenté conseguir mi primer trabajo así; no lo logré. ¡Qué bueno!

En periodismo, donde siempre hablamos de la importancia de rendición de cuentas y transparencia, pocas veces nos sinceramos con el tema de salario. Quizá nos avergonzamos de lo que ganamos; casi siempre es mucho menos de lo deberíamos cobrar. La necesidad nos ha obligado a conformarnos con poco, que es mejor que nada, por mucho tiempo.

Pero independientemente de la profesión -o la vocación-, todos somos parte de un sistema de reclutamiento de personal con descripciones genéricas que es obsoleto. Se publican las oportunidades laborales con una breve descripción de la empresa y un listado de cuáles son los requisitos, las habilidades deseadas, la escolaridad (si acaso), el compromiso de tiempo y viaje, las prestaciones, los beneficios, lo que el reclutador necesita. Publicar generalidades es lo más fácil, deja la puerta abierta a muchos dolores de cabeza.

¿Por qué no cambiamos la narrativa desde la raíz? Cuando identificamos en realidad de qué se trata el trabajo y cuáles son las habilidades que necesitamos para sumarse al equipo. Porqué nos escogemos las palabras que usaremos para describir la necesidad y el deseo; porqué relatamos la diversidad y el género y dejamos de hablar a la ligera de inclusión.

¿Por qué no nos sinceramos y decir que no cumplir con los requisitos está bien? ¿Por qué no hacemos este proceso más humano?

Cuando seamos así se transparentes y reales, conseguiremos mejores personas que soliciten el trabajo, que se sumen a un equipo, que crean en la misión de la organización, que representen los valores y que sean compensadas por ello.

Después de la pandemia y con la crisis de persona, ¿Cómo alentamos a alguien a sumarse a nuestro equipo? Nada volverá a ser. Todo ha cambiado. Ojalá que el cambio más radical sea el hablar del dinero y negociar, de valorar y ser valorado, de quitar los tabúes e incitar a una rebelión inteligente e intencionada del ambiente laboral. La toxicidad tiene que pasar de moda y tiene que hacerlo ya.

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