/ jueves 27 de mayo de 2021

El blanqueamiento social

¿Qué tan cerca estás del poder? Depende. Si eres hombre blanco, heterosexual, sin alguna discapacidad, eres delgado, estudiado, rico y dueño de alguna propiedad, quizá estés lo más cercano que se puede al círculo del poder del privilegio. Pero si no, tienes que pelear por encontrar un camino que te lleve al centro. Como yo, soy trigueña y mujer, clase media, con unas cuantas libras de más, con estudios superiores, documentada y hablo inglés… Me quedo siempre cerquita, pero las barreras sociales se cruzan en mi camino.

Sé que soy una mujer con privilegios y estoy consciente de ello. Pero tampoco me los han regalado. He tenido que escarbar, arañar, sufrir en silencio y echar pa’lante para llegar a donde estoy. He tenido que batallar mucho más que mis colegas anglosajones que son todavía mucho más privilegiados. ¿Por qué? Por la antigua percepción de que entre más pálida tu tez, más bonito y exitoso… y porque no soy hombre.

El blanqueamiento racial es algo que venimos cargando desde la conquista. Justificamos de muchas maneras nuestra admiración al blanco y lo disfrazamos: ¡Hay que mejorar la raza! Vamos desvelando nuestra identidad no solo para encajar sino para sobresalir y, cuando lo conseguimos, somos alabados. No se trata solo del color de piel, sino de la raza, de las preferencias y el contexto socioeconómico y cultural.

Esto se da en todas las esferas, pero lo he vivido también en el periodismo. Pareciera que el “blanqueamiento” fuera un requisito para sobresalir en el campo laboral: Hay que perder el acento, cualquiera que sea; dejar la joyería étnica, plancharse el cabello, usar ropa sobria, cortarse el cabello, bajar unos kilos, portar colores sólidos y ropa que disimule las curvas o las marque en demasía… Además hay que emular lo que hacen “los grandes” de las cadenas de televisoras en inglés que no nos representan… todo esto para parecer más profesionales. ¡No! ¡Ya basta!

Es hora de que dejemos de idolatrar lo ajeno y de tolerar que se normalice ese afán por querer borrar nuestra identidad. Cuando migramos, por ejemplo a Estados Unidos, se espera que cambiemos un idioma por otro, adoptemos nuevas tradiciones y olvidemos las nuestras, que nos convirtamos en un nuevo ser que no se parece nada al ayer. Sí, el blanqueamiento significa también lavarnos el pasado del cuerpo, el rostro y el espíritu. Y tampoco debería ser así.

Migrar en sí es muy complejo. Nacer de color y sin privilegio, lo es más. Solo se acerca uno al poder cuando hace las paces con él ayer; cuando se entiende que vivir en un país distinto no significa el divorcio del nuestro; cuando podemos hablar dos o más idiomas con el acento que nos identifica; cuando dejamos de intentar parecernos a lo que no viene de nuestras raíces… cuando nos aceptamos como somos.

La disparidad crea un abismo entre los hombres blancos empoderados y el resto de nosotros. Lo hemos permitido por mucho tiempo, incluso celebrado. Veámonos al espejo.


¿Qué tan cerca estás del poder? Depende. Si eres hombre blanco, heterosexual, sin alguna discapacidad, eres delgado, estudiado, rico y dueño de alguna propiedad, quizá estés lo más cercano que se puede al círculo del poder del privilegio. Pero si no, tienes que pelear por encontrar un camino que te lleve al centro. Como yo, soy trigueña y mujer, clase media, con unas cuantas libras de más, con estudios superiores, documentada y hablo inglés… Me quedo siempre cerquita, pero las barreras sociales se cruzan en mi camino.

Sé que soy una mujer con privilegios y estoy consciente de ello. Pero tampoco me los han regalado. He tenido que escarbar, arañar, sufrir en silencio y echar pa’lante para llegar a donde estoy. He tenido que batallar mucho más que mis colegas anglosajones que son todavía mucho más privilegiados. ¿Por qué? Por la antigua percepción de que entre más pálida tu tez, más bonito y exitoso… y porque no soy hombre.

El blanqueamiento racial es algo que venimos cargando desde la conquista. Justificamos de muchas maneras nuestra admiración al blanco y lo disfrazamos: ¡Hay que mejorar la raza! Vamos desvelando nuestra identidad no solo para encajar sino para sobresalir y, cuando lo conseguimos, somos alabados. No se trata solo del color de piel, sino de la raza, de las preferencias y el contexto socioeconómico y cultural.

Esto se da en todas las esferas, pero lo he vivido también en el periodismo. Pareciera que el “blanqueamiento” fuera un requisito para sobresalir en el campo laboral: Hay que perder el acento, cualquiera que sea; dejar la joyería étnica, plancharse el cabello, usar ropa sobria, cortarse el cabello, bajar unos kilos, portar colores sólidos y ropa que disimule las curvas o las marque en demasía… Además hay que emular lo que hacen “los grandes” de las cadenas de televisoras en inglés que no nos representan… todo esto para parecer más profesionales. ¡No! ¡Ya basta!

Es hora de que dejemos de idolatrar lo ajeno y de tolerar que se normalice ese afán por querer borrar nuestra identidad. Cuando migramos, por ejemplo a Estados Unidos, se espera que cambiemos un idioma por otro, adoptemos nuevas tradiciones y olvidemos las nuestras, que nos convirtamos en un nuevo ser que no se parece nada al ayer. Sí, el blanqueamiento significa también lavarnos el pasado del cuerpo, el rostro y el espíritu. Y tampoco debería ser así.

Migrar en sí es muy complejo. Nacer de color y sin privilegio, lo es más. Solo se acerca uno al poder cuando hace las paces con él ayer; cuando se entiende que vivir en un país distinto no significa el divorcio del nuestro; cuando podemos hablar dos o más idiomas con el acento que nos identifica; cuando dejamos de intentar parecernos a lo que no viene de nuestras raíces… cuando nos aceptamos como somos.

La disparidad crea un abismo entre los hombres blancos empoderados y el resto de nosotros. Lo hemos permitido por mucho tiempo, incluso celebrado. Veámonos al espejo.


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