/ viernes 9 de octubre de 2020

El cinismo del Presidente

SONORA.- Hay mucho de heroico en sobrevivir al Covid-19. Lo sé. La abuelita de una de mis mejores amigas está muy entrada en años y había noches que no la contaban. “Recen por ella”, nos pedía acongojada en un grupo de WhatsApp, “se me hace que no la va a hacer”. La hizo. Mi hermano y mis primos también. El esposo de una amiga no. La hermana de otra conocida, tampoco. A ellas, el coronavirus les impuso el luto. No hay nada de gracioso en eso.

Cuando el presidente Donald Trump anunció que había dado positivo, lo hizo a través de las redes sociales. Sus publicaciones han sido sarcásticas, desafiantes y de tono burlesco, como él. Sus palabras son bofetadas para las familias que han perdido a uno de los suyos por Covid-19; no hay nada de gracioso en la muerte. Él que lo tiene todo, desdeña el dolor ajeno.

A la hermana de Lydia la querían desconectar en el hospital porque era indocumentada y no tenía un seguro médico en Estados Unidos; murió. Mayra no podía conseguir los medicamentos que necesitaba su bebé porque no podía costearlos; casi no la cuenta. La familia Aguirre sigue recaudando fondos para pagar los funerales de los que no pudieron resistir el virus de la pandemia. A ellos nadie los llevó al hospital casi a rastras. A ellos no los atendieron con los avances médicos disponibles para contrarrestar los síntomas del virus. A ellos no los llevaron a dar la vuelta enfermos, el único “paseo” que han dado es a hospitales y casas funerarias. A ellos nadie les amortiguó los males. A ellos sí les cobraron impuestos.

Cuando el presidente Trump volvió a la Casa Blanca después de una corta estancia en el hospital militar, se peinó, se vistió uno de sus trajes y con su tradicional bronceado se quitó el cubrebocas con desdén y así mandó un mensaje al pueblo estadounidense: “A mí sus enfermos y sus muertos poco me importan”.

Quizá, como piensan algunos, todo es una estrategia política. Tal vez no está enfermo… quizá lo está de más y no lo quiere demostrar. Se duda de todo lo que dice, de todo hace, de todo lo que cree, de cada peón que mueve, de sus tableros de ajedrez y sus movimientos. Es estratega, uno muy bueno. Y en cada paso va repartiendo jaques mates.

Él, que paga menos impuestos que los migrantes indocumentados; él, que se ha burlado de los médicos, fue salvado por ellos. Él, que es persona con y de riesgo. Él, que está en campaña, no pierde. Él, que no dobla el brazo. Él, que es cinismo puro. Él, que no se parece a ellos. Él, al que parece no acabársele la suerte. Él que obliga al Servicio Secreto a llevarlo de paseo. Él, que ha saludado de mano. Él que contagia al paso. Él es el comandante en jefe.


SONORA.- Hay mucho de heroico en sobrevivir al Covid-19. Lo sé. La abuelita de una de mis mejores amigas está muy entrada en años y había noches que no la contaban. “Recen por ella”, nos pedía acongojada en un grupo de WhatsApp, “se me hace que no la va a hacer”. La hizo. Mi hermano y mis primos también. El esposo de una amiga no. La hermana de otra conocida, tampoco. A ellas, el coronavirus les impuso el luto. No hay nada de gracioso en eso.

Cuando el presidente Donald Trump anunció que había dado positivo, lo hizo a través de las redes sociales. Sus publicaciones han sido sarcásticas, desafiantes y de tono burlesco, como él. Sus palabras son bofetadas para las familias que han perdido a uno de los suyos por Covid-19; no hay nada de gracioso en la muerte. Él que lo tiene todo, desdeña el dolor ajeno.

A la hermana de Lydia la querían desconectar en el hospital porque era indocumentada y no tenía un seguro médico en Estados Unidos; murió. Mayra no podía conseguir los medicamentos que necesitaba su bebé porque no podía costearlos; casi no la cuenta. La familia Aguirre sigue recaudando fondos para pagar los funerales de los que no pudieron resistir el virus de la pandemia. A ellos nadie los llevó al hospital casi a rastras. A ellos no los atendieron con los avances médicos disponibles para contrarrestar los síntomas del virus. A ellos no los llevaron a dar la vuelta enfermos, el único “paseo” que han dado es a hospitales y casas funerarias. A ellos nadie les amortiguó los males. A ellos sí les cobraron impuestos.

Cuando el presidente Trump volvió a la Casa Blanca después de una corta estancia en el hospital militar, se peinó, se vistió uno de sus trajes y con su tradicional bronceado se quitó el cubrebocas con desdén y así mandó un mensaje al pueblo estadounidense: “A mí sus enfermos y sus muertos poco me importan”.

Quizá, como piensan algunos, todo es una estrategia política. Tal vez no está enfermo… quizá lo está de más y no lo quiere demostrar. Se duda de todo lo que dice, de todo hace, de todo lo que cree, de cada peón que mueve, de sus tableros de ajedrez y sus movimientos. Es estratega, uno muy bueno. Y en cada paso va repartiendo jaques mates.

Él, que paga menos impuestos que los migrantes indocumentados; él, que se ha burlado de los médicos, fue salvado por ellos. Él, que es persona con y de riesgo. Él, que está en campaña, no pierde. Él, que no dobla el brazo. Él, que es cinismo puro. Él, que no se parece a ellos. Él, al que parece no acabársele la suerte. Él que obliga al Servicio Secreto a llevarlo de paseo. Él, que ha saludado de mano. Él que contagia al paso. Él es el comandante en jefe.


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