/ jueves 6 de enero de 2022

La pandemia de la reinfección

La mayoría de mis amigos, a los que no veo desde antes de Navidad, están enfermos. Pasaron las fiestas en cama, con fiebre, mocos y un dolor de cabeza insoportable. Apenas despertaban para contestar mensajes y no podían mantenerse en pie ni para terminar de ver un capítulo de una serie de Netflix.


Se aislaron y no vieron a sus hijos en Navidad ni en Año Nuevo. No hubo abrazos y los regalos siguen debajo de un arbolito que nadie prende, en una sala vacía y fría. Han pasado casi dos semanas y siguen positivos. No saben cuándo podrán salir de sus cuartos sin miedo a infectarlo todo. Ellos, a los que ya les había dado y están completamente vacunados, son el rostro de la nueva ola de coronavirus en Estados Unidos.


No son los únicos ni serán los últimos. El primer lunes de 2022, en Arizona se reportaron más de 14 mil casos nuevos de coronavirus. El fin de semana de Año Nuevo el promedio fue de 8 mil casos diarios y esta semana la cifra se mantiene arriba de los 7 mil por día. Pero mientras los contagios aumentan, las hospitalizaciones van a la baja. Es decir, la variante ómicron se propaga 70 veces más rápido que la delta, pero es mucho menos peligrosa. Además, según los expertos, la sintomatología es mucho más leve y tiene a confundirse con facilidad con un resfriado común.


Eso fue lo que pensaron que tenían mis amigos, que no son pocos. Son catorce los que siguen en cuarentena. Solo uno terminó en el hospital. Era el único que no estaba vacunado. Se resistía a pensar que esto del virus le llegaría y con frecuencia creía en las locas teorías de conspiración que se multiplican en las redes sociales y videos de YouTube. Era uno del 35 por ciento de la población de Arizona que no confía en la ciencia de la vacuna. Aún no le dan el alta, pero la librará, con los pulmones agotados, una libras menos y un susto que no se saca con nada.


Los demás se hacen pruebas caseras con regularidad y las de laboratorio cuando se los indican sus médicos. Los niños se han salvado, casi milagrosamente, quizá por las vacunas o tal vez por la falta de contacto físico con sus padres, a lo mejor tienen una resistencia superior al virus. No sé. Lo cierto es que están todos encerrados y empezaron el 2022 con lo que deseaban dejar atrás: la pandemia.


Enero será un mes difícil, de aislamiento tras los reencuentros. Ese es el precio que se pagará por dos semanas de dicha en compañía. Algunos lo sabían y estuvieron dispuestos a arriesgarse; otros fueron más cautelosos y unos cuantos, como los míos, no tuvieron tiempo de escoger. El virus los atacó antes de poder decidir.


Nosotros nos hemos salvado, apenas. Hemos sido cautelosos en nuestro regreso a la normalidad y hemos tenido suerte, pero sabemos que no será eterna.


La mayoría de mis amigos, a los que no veo desde antes de Navidad, están enfermos. Pasaron las fiestas en cama, con fiebre, mocos y un dolor de cabeza insoportable. Apenas despertaban para contestar mensajes y no podían mantenerse en pie ni para terminar de ver un capítulo de una serie de Netflix.


Se aislaron y no vieron a sus hijos en Navidad ni en Año Nuevo. No hubo abrazos y los regalos siguen debajo de un arbolito que nadie prende, en una sala vacía y fría. Han pasado casi dos semanas y siguen positivos. No saben cuándo podrán salir de sus cuartos sin miedo a infectarlo todo. Ellos, a los que ya les había dado y están completamente vacunados, son el rostro de la nueva ola de coronavirus en Estados Unidos.


No son los únicos ni serán los últimos. El primer lunes de 2022, en Arizona se reportaron más de 14 mil casos nuevos de coronavirus. El fin de semana de Año Nuevo el promedio fue de 8 mil casos diarios y esta semana la cifra se mantiene arriba de los 7 mil por día. Pero mientras los contagios aumentan, las hospitalizaciones van a la baja. Es decir, la variante ómicron se propaga 70 veces más rápido que la delta, pero es mucho menos peligrosa. Además, según los expertos, la sintomatología es mucho más leve y tiene a confundirse con facilidad con un resfriado común.


Eso fue lo que pensaron que tenían mis amigos, que no son pocos. Son catorce los que siguen en cuarentena. Solo uno terminó en el hospital. Era el único que no estaba vacunado. Se resistía a pensar que esto del virus le llegaría y con frecuencia creía en las locas teorías de conspiración que se multiplican en las redes sociales y videos de YouTube. Era uno del 35 por ciento de la población de Arizona que no confía en la ciencia de la vacuna. Aún no le dan el alta, pero la librará, con los pulmones agotados, una libras menos y un susto que no se saca con nada.


Los demás se hacen pruebas caseras con regularidad y las de laboratorio cuando se los indican sus médicos. Los niños se han salvado, casi milagrosamente, quizá por las vacunas o tal vez por la falta de contacto físico con sus padres, a lo mejor tienen una resistencia superior al virus. No sé. Lo cierto es que están todos encerrados y empezaron el 2022 con lo que deseaban dejar atrás: la pandemia.


Enero será un mes difícil, de aislamiento tras los reencuentros. Ese es el precio que se pagará por dos semanas de dicha en compañía. Algunos lo sabían y estuvieron dispuestos a arriesgarse; otros fueron más cautelosos y unos cuantos, como los míos, no tuvieron tiempo de escoger. El virus los atacó antes de poder decidir.


Nosotros nos hemos salvado, apenas. Hemos sido cautelosos en nuestro regreso a la normalidad y hemos tenido suerte, pero sabemos que no será eterna.


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