/ jueves 2 de diciembre de 2021

La variante humana de la pandemia

Fronteras en el mundo vuelven a cerrarse justo antes de las fiestas. Hay miedo, pánico en algunos lados. Hay una variante nueva del coronavirus que podría poner en jaque lo mucho que humanamente se había avanzado en la ciencia para frenar la pandemia. Y como en cada crisis, por pequeña o gigantesca que sea, se levantan los dedos del privilegio para repartir culpas.

El mundo señala a Sudáfrica y lo condena, así como hace dos años lo hacía con China. Le echan un peso que nos corresponde cargar a todos en una crisis de salud mundial. Lo culpan a pesar de que el resto del mundo lleva en la conciencia la mala distribución de la riqueza y el acumulamiento de vacunas en unos países y la lastimosa caridad a la que están sujetos otros. Mientras en unas naciones privilegiados no se quieren vacunar, en otros lugares mueren esperando hacerlo. Justo eso le pasa a Sudáfrica.

El limitado acceso a inoculaciones efectivas limita la capacidad de una comunidad de crear una protección de rebaño que evite contagios y variantes. La falta de acceso a servicios médicos lo complica mucho más. La brecha que existe entre los que pueden investigar, costear y patentar medicamentos preventivos se ensancha con la pobreza y la discriminación de los que no pueden hacerlo. Esa es otra crisis, una social que también muta y se fortalece, que se contagia, se camufla y se dispara. En esta todos somos una variante.

Y, sí, es frustrante. La impotencia nos vuelve a dar un gacho. Justo cuando pensábamos que poco a poco podríamos sacudirnos las inseguridades y los miedos, tenemos qué pasar en seco. Nos asusta más lo que no sabemos que lo que hay. Y si las vacunas no sirven para hacerle frente al ómicron; y si los síntomas son más graves; y si aumentan las hospitalizaciones; y si se hace más fuerte e incontrolable. La suposiciones nos enferman. Y justo en este momento de vulnerabilidad tenemos que volver a lo básico.

La pandemia no se ha acabado, pero estamos aprendiendo a vivir con ella y como en todos, a veces nos toca retroceder. Aquí en Arizona donde muy pocos utilizan todavía el cubrebocas, habrá que volvernos a tapar los rostros para prevenir contagios. Esas distancias que habíamos acortado con las vacunas, tendrán que recuperarse en lo que sabemos más de la variante. Esas medidas de higiene que con tanto rigor seguimos cuando poco sabíamos del virus, deberían instalarse para siempre en nuestras rutinas. Tenemos que parar; reacomodarnos; adaptarnos y seguir.

Nosotros, los humanos conscientes, somos la variante que el virus no controla. Nosotros cruzamos países y formamos cadenas con eslabones, a veces contaminados. Nosotros evolucionamos y mutamos. No es cuestión de geografía; es lógica. El sentido común en los único que nos puede salvar de nosotros mismos.


Fronteras en el mundo vuelven a cerrarse justo antes de las fiestas. Hay miedo, pánico en algunos lados. Hay una variante nueva del coronavirus que podría poner en jaque lo mucho que humanamente se había avanzado en la ciencia para frenar la pandemia. Y como en cada crisis, por pequeña o gigantesca que sea, se levantan los dedos del privilegio para repartir culpas.

El mundo señala a Sudáfrica y lo condena, así como hace dos años lo hacía con China. Le echan un peso que nos corresponde cargar a todos en una crisis de salud mundial. Lo culpan a pesar de que el resto del mundo lleva en la conciencia la mala distribución de la riqueza y el acumulamiento de vacunas en unos países y la lastimosa caridad a la que están sujetos otros. Mientras en unas naciones privilegiados no se quieren vacunar, en otros lugares mueren esperando hacerlo. Justo eso le pasa a Sudáfrica.

El limitado acceso a inoculaciones efectivas limita la capacidad de una comunidad de crear una protección de rebaño que evite contagios y variantes. La falta de acceso a servicios médicos lo complica mucho más. La brecha que existe entre los que pueden investigar, costear y patentar medicamentos preventivos se ensancha con la pobreza y la discriminación de los que no pueden hacerlo. Esa es otra crisis, una social que también muta y se fortalece, que se contagia, se camufla y se dispara. En esta todos somos una variante.

Y, sí, es frustrante. La impotencia nos vuelve a dar un gacho. Justo cuando pensábamos que poco a poco podríamos sacudirnos las inseguridades y los miedos, tenemos qué pasar en seco. Nos asusta más lo que no sabemos que lo que hay. Y si las vacunas no sirven para hacerle frente al ómicron; y si los síntomas son más graves; y si aumentan las hospitalizaciones; y si se hace más fuerte e incontrolable. La suposiciones nos enferman. Y justo en este momento de vulnerabilidad tenemos que volver a lo básico.

La pandemia no se ha acabado, pero estamos aprendiendo a vivir con ella y como en todos, a veces nos toca retroceder. Aquí en Arizona donde muy pocos utilizan todavía el cubrebocas, habrá que volvernos a tapar los rostros para prevenir contagios. Esas distancias que habíamos acortado con las vacunas, tendrán que recuperarse en lo que sabemos más de la variante. Esas medidas de higiene que con tanto rigor seguimos cuando poco sabíamos del virus, deberían instalarse para siempre en nuestras rutinas. Tenemos que parar; reacomodarnos; adaptarnos y seguir.

Nosotros, los humanos conscientes, somos la variante que el virus no controla. Nosotros cruzamos países y formamos cadenas con eslabones, a veces contaminados. Nosotros evolucionamos y mutamos. No es cuestión de geografía; es lógica. El sentido común en los único que nos puede salvar de nosotros mismos.


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