/ viernes 29 de julio de 2022

Las dos caras de Arizona

Rogelio* cruzó la frontera por el desierto con un grupo de 12 migrantes. Eran mexicanos casi todos y solo tres centroamericanos. Los paisanos sabían el camino; no era la primera vez que lo hacían. Él trató de seguirles el paso, pero desfalleció en el medio de la nada en Arizona, cerca de Sells, ahí donde hasta el viento parece esconderse. Lo abandonaron.

Tirado debajo de un mezquite, con el poco aliento que le quedaba, el hombre salvadoreño de unos 50 años sacó su celular y grabó un video de despedida. Le pedía disculpas a su familia por no haberlo logrado. Lloró con una pena profunda y se encomendó a Dios. Llegó el milagro. Lo rescataron cuando estaba casi en las últimas.

Semanas después, cuando siente desfallecer, en los días en los que le dan ganas de mandarlo todo al carajo o en los momentos en los que lo abruma la nostalgia, Rogelio busca ese video y recuerda lo mucho que le costó sobrevivir. Entonces se echa al hombro su sueño migrante y el de los suyos. Lo carga con un poco de pesar, como si fuera la cruz que tiene tatuada en el hombro izquierdo. Este es su calvario de indocumentado.

A unas 200 millas de donde Rogelio sintió morir, también en Arizona, la familia de Jorge y Eslirian decidió entregarse a la Patrulla Fronteriza. Habían viajado por más de un mes desde Honduras y no querían arriesgarse. Tienen dos niños, de 6 y 4 años, y aunque cruzar en las sombras sonaba tentador, prefirieron jugársela a un lado del muro cerca de Yuma. “Quisimos hacerlo por las buenas, por las de la ley”, dijo Jorge.

Esta es la otra cara de la migración de Arizona. Cerca de Yuma sí hay largas filas y cientos de personas esperando ser procesadas por inmigración. Acá los albergues no bastan; las autoridades tampoco. Son familias que quieren legalizar su estatus algún día, tener papeles y un futuro que no penda de un hijo por una entrada irregular.

Jorge es tranquilo y paciente, pero estaba ansioso por dejar México; se sentía aprisionado en una patria que no es suya ni la siente como destino. Con mesura cuenta historias de horror de Honduras, mientras muestra fotos y mensajes de texto que podrían avalar su petición de protección migratoria en Estados Unidos, pero sabe que el proceso será largo y doloroso; tampoco hay garantías. Ruega para que después de que lo procesen en Estados Unidos, México solo se quede en sus recuerdos como un sitio de paso.

Estas son dos polos de una migración llena de contrastes en un mismo estado.

Son Rogelio, Jorge, Eslirian y sus hijos frente a los millones de turistas, residentes y migrantes autorizados que cruzan la frontera diariamente. La necesidad y el privilegio. Unos, por un lado, en la clandestinidad y la muerte; los otros, en la sumisión obligada a un sistema que los ignora y los carpetea. Los que se cuelan en las ranuras sociales de un laberinto migratorio marcado por la política y la doble moral. Los demás un escalón arriba, siempre.

*Rogelio pidió cambiar su nombre por privacidad. Los nombres de Jorge y Eslirian son reales, pero prefirieron no dar a conocer sus apellidos.

Maritza L. Félix es una periodista, productora y escritora independiente galardonada con múltiples premios por sus trabajos de investigación periodística para prensa y televisión en México, Estados Unidos y Europa. Es becaria Senior programa JSK Community Impact de Stanford, The Carter Center, EWA, Fi2W, Listening Post Collective, Poynter y el programa de liderazgo en periodismo de CUNY.

Rogelio* cruzó la frontera por el desierto con un grupo de 12 migrantes. Eran mexicanos casi todos y solo tres centroamericanos. Los paisanos sabían el camino; no era la primera vez que lo hacían. Él trató de seguirles el paso, pero desfalleció en el medio de la nada en Arizona, cerca de Sells, ahí donde hasta el viento parece esconderse. Lo abandonaron.

Tirado debajo de un mezquite, con el poco aliento que le quedaba, el hombre salvadoreño de unos 50 años sacó su celular y grabó un video de despedida. Le pedía disculpas a su familia por no haberlo logrado. Lloró con una pena profunda y se encomendó a Dios. Llegó el milagro. Lo rescataron cuando estaba casi en las últimas.

Semanas después, cuando siente desfallecer, en los días en los que le dan ganas de mandarlo todo al carajo o en los momentos en los que lo abruma la nostalgia, Rogelio busca ese video y recuerda lo mucho que le costó sobrevivir. Entonces se echa al hombro su sueño migrante y el de los suyos. Lo carga con un poco de pesar, como si fuera la cruz que tiene tatuada en el hombro izquierdo. Este es su calvario de indocumentado.

A unas 200 millas de donde Rogelio sintió morir, también en Arizona, la familia de Jorge y Eslirian decidió entregarse a la Patrulla Fronteriza. Habían viajado por más de un mes desde Honduras y no querían arriesgarse. Tienen dos niños, de 6 y 4 años, y aunque cruzar en las sombras sonaba tentador, prefirieron jugársela a un lado del muro cerca de Yuma. “Quisimos hacerlo por las buenas, por las de la ley”, dijo Jorge.

Esta es la otra cara de la migración de Arizona. Cerca de Yuma sí hay largas filas y cientos de personas esperando ser procesadas por inmigración. Acá los albergues no bastan; las autoridades tampoco. Son familias que quieren legalizar su estatus algún día, tener papeles y un futuro que no penda de un hijo por una entrada irregular.

Jorge es tranquilo y paciente, pero estaba ansioso por dejar México; se sentía aprisionado en una patria que no es suya ni la siente como destino. Con mesura cuenta historias de horror de Honduras, mientras muestra fotos y mensajes de texto que podrían avalar su petición de protección migratoria en Estados Unidos, pero sabe que el proceso será largo y doloroso; tampoco hay garantías. Ruega para que después de que lo procesen en Estados Unidos, México solo se quede en sus recuerdos como un sitio de paso.

Estas son dos polos de una migración llena de contrastes en un mismo estado.

Son Rogelio, Jorge, Eslirian y sus hijos frente a los millones de turistas, residentes y migrantes autorizados que cruzan la frontera diariamente. La necesidad y el privilegio. Unos, por un lado, en la clandestinidad y la muerte; los otros, en la sumisión obligada a un sistema que los ignora y los carpetea. Los que se cuelan en las ranuras sociales de un laberinto migratorio marcado por la política y la doble moral. Los demás un escalón arriba, siempre.

*Rogelio pidió cambiar su nombre por privacidad. Los nombres de Jorge y Eslirian son reales, pero prefirieron no dar a conocer sus apellidos.

Maritza L. Félix es una periodista, productora y escritora independiente galardonada con múltiples premios por sus trabajos de investigación periodística para prensa y televisión en México, Estados Unidos y Europa. Es becaria Senior programa JSK Community Impact de Stanford, The Carter Center, EWA, Fi2W, Listening Post Collective, Poynter y el programa de liderazgo en periodismo de CUNY.

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