/ jueves 7 de diciembre de 2017

Teatrikando

  •  Yo nunca lloro, ¿por qué soy teatrista?

por Benjamín Bernal

Se trata de una idea nacida en Adelheid Female Economy, colectivo multidisciplinario con sede en Ámsterdam, se llama Yo nunca lloro, textos e ideas adicionales de Laura Almela y Daniel Giménez Cacho. Ojalá regrese a la cartelera durante 2018 porque el año se acaba.

Ellos nos van platicando detalles de su vida, otros son la estructura de la narrativa original, para convertir el foro El Milagro en algo parecido a un bar con cómodos sillones, como en casa, algunos de ellos son simples cojines enormes para descansar, ser jalados o acostarse sobre ellos.

Estábamos como treinta espectadores- casi todos jóvenes- pero hubiéramos cabido quizá 60 cómodamente- la idea es que nos vayamos involucrando poco a poco, con algunas proyecciones multimedia que aportan datos humorísticos para hablarnos de ídolos, su validez y las extrañas conductas que vamos recibiendo en casa, la familia y con la (s) pareja (s) platican acerca de su facilidad para llorar, gustos, sueños y fobias.

Los grandes dramas ya están escritos, por lo que mejor nos platican el propio, algo así como un constante deambular entre certezas y dudas vivenciales para que el espectador piense, se identifique: aquella experiencia con mi padre, mi madre, no se parecen en nada ¿o sí? Sin una estricta narrativa de principio centro fin y un personaje que asesina al otro, nos hacen sentir a gusto cuando mueven a alguien de aquí para allá, arrastran su sillón y al final nos regalan un bocadillo. Se parece un poco a los montajes ochenteros que reproducían las ideas de moda, como Erich Berne, que acababan casi en una terapia catártica.

Mínima escenografía, iluminación sin muchos adornos, de Gabriel Pascal. Acuda, la va a pasar bien desde los primeros minutos, no le cuento más, para que se sumerja en ese espacio del corredor cultural de la Juárez, que permite varias formas de representación escénica.

 

MACBETH VUELVE A LA CARGA

Ahí cerca, en el Teatro Milán pudimos ver uno de los textos emblemáticos y más representados de William Shakespeare, el poder es la droga más poderosa de la historia y viene al caso en este periodo pre electoral, con las fuerzas del mal totalmente desatadas.

Juan Manuel Bernal (Macbeth) tiene buen desempeño en esta versión no muy larga, para que Lisa Owen se exhiba como intensa y precisa en cada momento. El resto del elenco son Raúl Villegas (Macduff), Paula Watson (Lady Macduff y Bruja), Hamlet Ramírez (Banquo), Diego Jáuregui (Duncan), Miguel Santa Rita (Malcolm), Assira Abbate (Bruja) y Julián Segura (Ross). La primera parte (no hay intermedio) es un poco lenta, hay instantes en que la dicción no es perfecta, la segunda va tomando solidez para que veamos llegar las escenas de poderosa confrontación, dominar a los otros y poseer una corona sigue siendo el motor de los humanos, en los cinco continentes y todos los siglos.

Se ha utilizado una escenografía sencilla, práctica, de Adrián Martínez, que permite tener varias profundidades sin necesidad de pérdidas de tiempo, también el vestuario de Mario Marín, sobrio, para bocetar el uso eterno de los símbolos de poder. El colorido, el conjunto utilizado, es bello. Así que acudamos a ver la pulcra dirección de Mauricio García Lozano y actuaciones de alto nivel.

  •  Yo nunca lloro, ¿por qué soy teatrista?

por Benjamín Bernal

Se trata de una idea nacida en Adelheid Female Economy, colectivo multidisciplinario con sede en Ámsterdam, se llama Yo nunca lloro, textos e ideas adicionales de Laura Almela y Daniel Giménez Cacho. Ojalá regrese a la cartelera durante 2018 porque el año se acaba.

Ellos nos van platicando detalles de su vida, otros son la estructura de la narrativa original, para convertir el foro El Milagro en algo parecido a un bar con cómodos sillones, como en casa, algunos de ellos son simples cojines enormes para descansar, ser jalados o acostarse sobre ellos.

Estábamos como treinta espectadores- casi todos jóvenes- pero hubiéramos cabido quizá 60 cómodamente- la idea es que nos vayamos involucrando poco a poco, con algunas proyecciones multimedia que aportan datos humorísticos para hablarnos de ídolos, su validez y las extrañas conductas que vamos recibiendo en casa, la familia y con la (s) pareja (s) platican acerca de su facilidad para llorar, gustos, sueños y fobias.

Los grandes dramas ya están escritos, por lo que mejor nos platican el propio, algo así como un constante deambular entre certezas y dudas vivenciales para que el espectador piense, se identifique: aquella experiencia con mi padre, mi madre, no se parecen en nada ¿o sí? Sin una estricta narrativa de principio centro fin y un personaje que asesina al otro, nos hacen sentir a gusto cuando mueven a alguien de aquí para allá, arrastran su sillón y al final nos regalan un bocadillo. Se parece un poco a los montajes ochenteros que reproducían las ideas de moda, como Erich Berne, que acababan casi en una terapia catártica.

Mínima escenografía, iluminación sin muchos adornos, de Gabriel Pascal. Acuda, la va a pasar bien desde los primeros minutos, no le cuento más, para que se sumerja en ese espacio del corredor cultural de la Juárez, que permite varias formas de representación escénica.

 

MACBETH VUELVE A LA CARGA

Ahí cerca, en el Teatro Milán pudimos ver uno de los textos emblemáticos y más representados de William Shakespeare, el poder es la droga más poderosa de la historia y viene al caso en este periodo pre electoral, con las fuerzas del mal totalmente desatadas.

Juan Manuel Bernal (Macbeth) tiene buen desempeño en esta versión no muy larga, para que Lisa Owen se exhiba como intensa y precisa en cada momento. El resto del elenco son Raúl Villegas (Macduff), Paula Watson (Lady Macduff y Bruja), Hamlet Ramírez (Banquo), Diego Jáuregui (Duncan), Miguel Santa Rita (Malcolm), Assira Abbate (Bruja) y Julián Segura (Ross). La primera parte (no hay intermedio) es un poco lenta, hay instantes en que la dicción no es perfecta, la segunda va tomando solidez para que veamos llegar las escenas de poderosa confrontación, dominar a los otros y poseer una corona sigue siendo el motor de los humanos, en los cinco continentes y todos los siglos.

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