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Con acento periódistico

  • Jesús Manuel Angulo Corral

Parece de pronto que nos acostumbramos a saber que en nuestra comunidad se cometió un asesinato un día y al siguiente uno más. Perdemos la capacidad de asombro y nos comparamos con ciudades o lugares donde ocurren tres o más diarios.

“Estamos bien, al menos no estamos como en (equis lugar)”, es frase común cuando como sociedad queremos justificar que ya no somos el pueblo de hace 10 años, tranquilo y en donde era raro que se cometiera un crimen.

Nos acostumbramos rápido porque es una manera de aceptar estoicamente que no es el entorno social idóneo para vivir. Los crímenes podrán seguir aumentando y sencillamente haremos como que no pasa nada, aunque en el fondo el miedo nos abrume.

La solución se torna de pronto demasiado obvia: encerrarse, poner candados, alarmas, cámaras de vigilancia y más candados, más sistemas de seguridad, más formas de engrosar esa coraza de aparente calma que nos haga sentir seguros.

Sin embargo, el origen de los males está en la propia comunidad, en lo más recóndito del ente social, ahí donde se ha dado permiso para tolerar a los que trafican a los que roban y a los que comercian con todo tipo de mercancía: desde los discos y películas “piratas” hasta con la carne, piel y órganos humanos.

Somos tolerantes con el policía que se permite recibir sobornos del narcomenudista o del “achichincle” con ínfulas de capo, porque “pobrecito, gana muy poco” o con el que construye una mansión en medio de la nada con dinero, evidentemente, malhabido, porque “el sistema no le dio oportunidades y lo obligó a entrar al biznes”.

En fin, no nos quejemos que en unos años, mucho menos de los que podemos imaginar, seamos un “tijuanita” o una pequeña “Ciudad Juárez”, con asesinatos todos los días y con un ambiente de terror social.

Entonces tendremos que buscar nuevos puntos de comparación con ciudades a las que les vaya peor que a nosotros. Digo, para seguir acostumbrándonos.

A LA LIGERA

Muy apresurada fue la conclusión de que no hay negligencia, ni fallas, ni nada qué investigar en el desplome de la estructura metálica con malla-sombra que estaba instalada en el recién remodelado parque “Ricardo González Lobo”, la tarde del pasado miércoles cuando un tormenta de regular intensidad azotó la zona Este y Sureste de la ciudad.

Y digo que es apresurada la conclusión porque las fotografías que vimos circular en redes sociales muestran que la estructura prácticamente no estaba sostenida con nada en el concreto.

Exonerar a la empresa así de fácil, aun cuando haya asumido la “culpa” de inmediato, al empezar a reparar escasas doce horas después la estructura, se presta a suspicacias.

Si la Comisión de Obras Públicas del Cabildo quisiera ponerle lupa a este asunto, bastaría con solicitar la información pertinente sobre la obra desarrollada por la empresa Inark, entre ellas planos arquitectónicos, especificaciones técnicas, materiales usados y por supuesto, pedir la memoria o bitácora de la obra para saber si lo que ejecutó corresponde con lo planeado.

Otro aspecto que cabe preguntarse aquí es: ¿Quién supervisó la obra? ¿Quién dio el visto bueno para aprobar que se construyera esta estructura de la forma en que se hizo? ¿No fue pensada para vientos y tormentas?.

Son muchas interrogantes y dudas que se están atajando de una manera demasiado apresurada, al afirmar que no es necesario investigar si hubo negligencia, ni tampoco revisar otras obras de la empresa constructora en cuestión. Me parece que no es lo correcto, si lo que se busca es darle certeza al ciudadano de que se está actuando de manera transparente.

Afortunadamente no hubo, ni personas lesionadas, ni la pérdida de una vida y qué bueno, pero me parece, insisto, que eso no debería evitar una investigación de la calidad de la obra.

Hoy será un mejor día. Gracias.