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La cultura nacional del “dedazo”

  • Eduardo Andrade Sánchez

La prestigiada revista británica The Economist dedicó esta semana un artículo a nuestra sucesión presidencial bajo el título El dedazo democrático (dedazo escrito en español). En él se alude a la tradición por virtud de la cual el presidente priista en turno designa al candidato del PRI, lo cual en otro tiempo significaba prácticamente la definición de la sucesión en la presidencia pero, como lo señala el referido artículo: ahora el dedazo final corresponde a los votantes.

Me pareció particularmente sugerente el título porque efectivamente en el caso del PRI el llamado dedazo, consiste en un procedimiento en el cual los correligionarios de la persona que reconocen como líder, aceptan la decisión unipersonal de ésta para decidir una candidatura. Este arreglo, convenido al interior de una organización política, tiene un valor democrático consensual y al país le permitió garantizar la sucesión pacífica y el relevo constante en la presidencia. Este logro no es menor si consideramos la permanente turbulencia que vivió la nación durante todo el siglo XIX y la posterior pacificación a través de un sistema dictatorial personalizado en Porfirio Díaz.

Es verdad que un considerable sector de la sociedad mexicana critica el método priista y está en todo su derecho, pero cabría decir que quienes lo hacen suelen ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio o, por lo menos, la viga en los ojos de otros actores de la vida política, donde parece que el dedazo va convirtiéndose en una práctica generalizada y no exclusiva del priismo.

Por ejemplo, Margarita Zavala censuró de manera muy severa la designación de José Antonio Meade como precandidato del PRI, sin apreciar que ella misma es producto de una decisión unipersonal que la llevó a romper con su partido y auto asignarse la condición de aspirante independiente a la candidatura. Tal decisión puede resultar hasta admirable, pero precisamente por su carácter personalizado equivale a una especie de autodedazo y ello le resta autoridad moral a su despectiva crítica al sistema priista.

La popularidad que está alcanzando el dedazo puede deberse al convencimiento de que las luchas internas, sean dentro del partido que sean, producen divisiones que tienen un costo al momento de la batalla final y de ese modo parecen todos decantarse hacia el método que puede garantizar mejor su unidad al llegar a la elección constitucional. La solidez de Morena está basada en esa idea. Su organización está prácticamente acaudillada, más que presidida, por AMLO y el dedazo, como lo definimos previamente -en este caso autodedazo- es incluso la causa de su formación.

De algún modo podría decirse que en el ADN de Morena existen aminoácidos que vienen desde el antiguo priismo por la vía del desprendimiento de sus filas que dio lugar al PRD y por la formación política personal del propio AMLO. La reproducción de esta práctica se hizo evidente con la designación de Claudia Sheinbaum como candidata al gobierno capitalino. Cabe decir válidamente que la cultura del denominado dedazo forma parte ya de las tradiciones tanto del PRI como de Morena.

Debe reconocerse que no ha sido igual en el PRD y el PAN, pero también que ahora parecen estarse inclinando ambos por intentar, con base en una coalición, aplicar el dedazo, es decir, la decisión unipersonal aunque no plenamente consensuada, en el caso del PAN consistente en un autodedazo de parte de Ricardo Anaya y en el del PRD, el mismo procedimiento para la candidatura al gobierno capitalino aplicado por Alejandra Barrales.

eduardoandrade1948@gmail.com