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La hoja damasquina del niño sicario

  • Salvador del Río

El puñal de hoja fina que Damasco hizo mundialmente famoso ha sido el arma de los asesinos a sueldo en Siria, país del que ahora se dice ocupa el primer lugar en criminalidad, seguido de México. Es la sica, de la que deriva la palabra sicario y de ahí el sicariato, que es el camino torcido de una parte de nuestra juventud.

Los ejecutores visibles del secuestro, el robo y las amenazas de muerte a siete periodistas en la zona de Tierra Caliente, en Guerrero, eran niños de entre 10 y 15 años, según el testimonio de los informadores que fueron víctimas de esos hechos delincuenciales, las características de cuyos autores deben ser un toque de alerta para la sociedad entera.

Guerrero es la tierra de uno de los más limpios luchadores de la insurgencia y de los forjadores de nuestra independencia, Vicente Guerrero, para quien la Patria siempre fue primero. La violencia, el crimen y la delincuencia se han enseñoreado en ese estado en los últimos años, no es el único donde se observa y se constata el fenómeno de una juventud que a falta de horizontes y oportunidades ciertas en la vida, se entrega al crimen y ofrece su impulso vital a las oscuras causas de la delincuencia en todas sus formas. El narcotráfico, el secuestro, el asalto a mano armada, el robo de combustibles reclutan cada vez más a las generaciones de jóvenes en prácticamente todo el país.

La descripción de los periodistas atacados en Guerrero acerca de sus captores resulta patética, reveladora de una de las consecuencias de la descomposición de los valores sociales y morales que han afectado a esa juventud de tiempo atrás. La juventud merece, como lo afirmó Indira Gandhi en el país que ha alcanzado uno de los mayores desarrollos tecnológicos del mundo, “una vida feliz en la que aprendieran a hallar interés y placer en lo que están haciendo y en el lugar en que viven, en vez de anhelar condiciones ideales imaginarias”.

Nos lamentamos –y es justificable—de la muerte de cuatro elementos del Ejército asesinados en una emboscada por los ladrones de combustible, los llamados huachicoleros, en el poblado de Palmarito en Puebla. Rechazamos, con justicia, acusaciones de ejecución extrajudicial en un enfrentamiento en el que el ejército repelía el artero y cobarde ataque de una partida de delincuentes, frente al cual reparar en los derechos humanos de los asesinos hubiera sido faltar al deber del ejército de reprimir el delito.

Apoyemos, como lo apuntó el secretario de Hacienda, José Antonio Mead a las fuerzas armadas en el combate a la delincuencia y particularmente en contra de las bandas de la sustracción de combustibles que causan muerte, daños y destrucción en diferentes entidades de la República; no basta, como lo afirmó el funcionario, expresar nuestras condolencias por el sacrificio de los soldados caídos en el enfrentamiento de Palmarito. Es necesario también empeñar todas las instancias del Gobierno y de los sectores sociales para respaldar esa lucha que llevan adelante las instancias castrenses del país. Pero al mismo tiempo, pensemos en el destino que espera a las nuevas generaciones del país. La incertidumbre ante su futuro, la falta de impulso y de respaldo a las aspiraciones legítimas y a la generosidad natural de la juventud exigen una reflexión profunda y una serie de acciones y programas concretos para corregir el rumbo de la preparación que hemos dado a la juventud. Casos, revelaciones como el de Tierra Caliente en el estado de Guerrero, deben convencernos de la necesidad de dar a nuestra juventud mejores perspectivas y seguridades para su desarrollo y su formación como seres humanos útiles a la sociedad.

Srio28@prodigy.net.mx