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Ojos de papel volando

  • Fidelia Caballero

Déjame en paz, amor tirano

¡Ruido, ruido, ruido!

Todo en la noche vive una duda secreta:
el silencio y el ruido, el tiempo y el lugar”.

Xavier Villaurrutia

¿Qué sería?, ¿1994?, ¿1995?, tal vez. Llegué a Hermosillo con una mochila de mano y la invitación de la maestra Rico para presentarme en la Casa de la Cultura. Yo, una poeta de San Luis Río Colorado, el más remoto asentamiento de Sonora, más cercano al Oeste americano, apenas recordaba algunos nombres de personajes que había conocido en mi tierra, durante las Jornadas Binacionales de Literatura, algunos años atrás, Alejandro Aguilar Zeleny y Mario Enriquez Licón, mis primeros cófrades y faros para internarme en las camarillas literarias sonorenses.

Conocí a Luis Rey Moreno Gil en la casa de Jorge Ochoa. Esa casita placentera que más bien parecía el hogar de una anciana, por el afecto del Jorge a la cocina, el orden y la limpieza. Ahí llegaba Abigael Bohórquez con bolsones de víveres y cocinaba los más delicados platillos de su invención. Casi todo debía llevar albahaca, recuerdo.

Déjame en paz, amor tirano, déjame en paz”, cantaba Luis Rey en las madrugadas largas de cerveza y fraternidad. Esa canción me seguiría como una evocación y un abrazo virtual de mis primeros días en Hermosillo y mis primeras tristezas. La idea de dejar la casa paterna, y dejar mi propia infancia en el patio donde crecí y aprendí a amar a los perros y los limones, siempre taladra en mi cabeza.

Después supe que esa canción era un poema de Luis de Góngora, pluma excelsa del Siglo de Oro Español. Paco Ibáñez lo musicalizó, pero yo lo conocí de la voz y la guitarra de mi amigo Luis.

***

¿Cuánto tiempo logramos estar en silencio? Las ciudades nunca callan. Somos seres extremadamente capacitados para hacer ruido. La Ciudad de México posee, quizás, la planta de “ruidómanos” más sofisticada del planeta.

Una soporta que haya construcciones durante el día, bueno, la gente trabaja de día. Pero a los constructores les ha dado por trabajar día y noche. Yo escucho martillazos como si clavaran enormes pilates a lo lejos que apenas logro apagar. No imagino a quienes duermen a lado de tales construcciones en ciernes. Realmente no sé cómo lo permiten y como siguen con sus vidas al día siguiente.

***

Una torre fabriqué

del viento en la raridad,

mayor que la de Nembrot,

y de confusión igual.

Gloria llamaba a la pena,

a la cárcel, libertad,

miel dulce al amargo acíbar,

principio al fin, bien al mal.

Déjame en paz, Amor tirano,

déjame en paz.

Luis de Góngora murió en Córdova a los 65 años en 1627 de una apoplejía. Murió en la ciudad donde nació. ¿Será que así debe ser?

***

Diariamente suenan los camiones, los merolicos, los carros de sonido, los tamales oaxaqueños, el vecino español que grita y estornuda como un toro, campanitas, campanotas, todo es violento, y ahora natural y sufrible.

Soy una poeta sintiendo la ciudad en todas sus modalidades. Me he amanecido en la Zona Rosa de Cuevas y he visto llover desde la seguridad de una ventana en la casa donde vivo, con un perro al lado.

¿Cuánto tiempo logramos estar en silencio? Es tan poco.