imagotipo

Sin Tregua

  • Catalina Noriega

Pocos medios impresos se ocuparon del ataque a siete reporteros en Guerrero. La OEM lo hizo y destacó esta gravísima agresión que, por fortuna para los compañeros, no les costó la vida. El lunes, sin embargo, asesinaron de varios disparos a Javier Valdez, periodista y escritor sinaloense, de larga trayectoria.

Diezman a los comunicadores y las autoridades se quedan tan frescas. Los datos duros confirman que, ser periodista es la profesión de más alto riesgo. Cuando nos enteramos del ataque a un compañero, las neuronas se te revuelven y en el inconsciente aparecen focos rojos, de los que provocan ataques de pánico.

Como la declaración de uno de los agraviados en la carretera Iguala-Altamirano. Habló del horror que sintió cuando los bajaron de los vehículos y cerca de 100 personas -¡se dice fácil!- armadas con palos, piedras y pistolas 9 milímetros, los despojaron de su equipo y demás pertenencias y los amenazaron con matarlos.

“Yo, nada más rezaba y creí que había llegado mi última hora”, narró con voz temblorosa. Lo peor fue ver que, quien les apuntaba con el arma era un niño de 10 u 11 años, mientras les escupía el típico léxico de un bandido. Después de una hora los dejaron ir.

De esos tamaños la destrucción del tejido social. Niños que nacen y crecen en la violencia. En esa etapa de la existencia aún no se desarrolla la empatía –capacidad para darse cuenta del alcance de sus actos- lo que implica que se convertirán en auténticos monstruos. Se les enseña a matar y se crea un ejército infantil imposibilitado para comprender el valor de la vida humana.

Patético el ver a regiones enteras de la República, en manos de una delincuencia que destruye cualquier valor. Lo mismo usa a mujeres y a niños de escudo, que arremete contra periodistas que intentan hacer su trabajo.

En mes y medio asesinaron a cuatro, entre ellos a Miroslava Breache, destacada chihuahuense. El gobernador panista, Javier Corral, se comprometió a que el crimen no quedaría impune. Pasan los días sin que se informe sobre el curso de la investigación.

En la misma impunidad quedan el resto de compañeros muertos, a pesar de las voces oficialistas que juran que se llegará “hasta las últimas consecuencias”. ¿Cómo para quién?

De los muchos directores de la Fiscalía especializada de la PGR –los cambian, como si fueran mudas de ropa-, ninguno se salva. Será que trabajan con limitaciones de personal de investigación, o que colocan a cualquier estulto al frente de la tarea; el punto es que jamás resuelven uno solo de los expedientes.

Más de uno de los occisos, denunció amenazas. Su historia acabó en el panteón, sin que, autoridad estatal, local o federal, se ocupara de averiguar lo sucedido. Sobre el muerto las coronas y se cierra el expediente.

Se culpa al crimen organizado, faltos de argumentos y de señalar a los presuntos autores. En el caso de Miroslava se supo de sus pesquisas a narcos reconocidos en la entidad y aún con estas pistas, nuestros “Sherlock Holmes de nopal” no pueden dar con los responsables.

La Jornada publicó que, del 2010 a la fecha han perdido la vida 44 mujeres periodistas y activistas, incluida la última, Miriam Rodríguez, a la que masacraron en Tamaulipas.

Organismos nacionales e internacionales, en defensa de los comunicadores, lo muestran y critican el papel de unas autoridades omisas, incompetentes y en muchos de los homicidios, cómplices. Pero, todo sigue igual. Hace tiempo que la vida no vale nada: menos la de quienes se atreven a decir o escribir la verdad de lo que pasa.

catalinanq@hotmail.com

@catalinanq