/ domingo 15 de abril de 2018

[Crónica] De robacoches a traficante: Yo trabajé para el Cártel de Sinaloa

Cruzó la frontera para robar autos en Arizona y terminó al servicio del narco, con el que ganó hasta 70 mil dólares en un día por transportar droga; hoy trabaja en un Oxxo

“No pude reaccionar, nos pidieron que nos tiráramos al suelo y lo hicimos; de pronto ya estaba en una patrulla con las manos esposadas”, cuenta Pablo (nombre ficticio) enganchado por el crimen organizado a los 21 años a una banda dedicada al robo de autos en Arizona, Estados Unidos, deslumbrado por el dinero en abundancia y las emociones fuertes.

La adrenalina, el dinero fácil y los corridos cuentan una historia que atrae mucho a los adolescentes y jóvenes, quienes creen que se volverán el Chapo Guzmán al integrarse a ese mundo.

Subir peldaños

Oriundo de Guasave, Sinaloa, estado identificado como cuna del crimen organizado y donde diariamente se perciben negocios ilícitos que generan millones de pesos en ganancias, pero también mucha muerte; gozaba de una buena calidad de vida, pero al ver la cotidianidad del crimen, como si se tratara de algo normal, Pablo acepta que no midió los riesgos y se enroló. Su padre es aún operador de camiones de carga y su mamá profesora de educación primaria, y él no reparó en cruzar ilegalmente la frontera que divide a México y Estados Unidos para dedicarse al crimen, en 2004.

En Arizona robó autos, alrededor de tres por día, con ingresos de hasta 2 mil 700 dólares, que al tipo de cambio actual serían unos 48 mil 600 pesos diarios, los mismos que en promedio anualmente recibe un trabajador de maquiladora, que gana 870 pesos por semana.

Cuando no eran automóviles, el negocio alcanzaba jet skies, botes y todo tipo de unidades de lujo; la banda que integraba era apenas el primer eslabón de la cadena. Todos los vehículos eran traídos a México.

Los buenos resultados hicieron que pronto Pablo llamara la atención del cártel de Sinaloa, el cual lo reclutó para mover droga: su labor era recibirla y transportarla al comprador. Inicialmente ganaba un dólar por libra y para el final de su carrera eran grandes volúmenes de mariguana y ya la cobraba a otro precio.

“Empezamos con 100 y 150 libras, era poco; en ese tiempo yo también trabajaba en la construcción y buscaba legalizar el dinero que gastaba. Un dólar era poco para los años de prisión que me esperaban si era atrapado, no alcanzaría ni para pagar el abogado”, explica.

El nivel de confianza fue medido por el grupo criminal y con ello aumentaron sus ingresos. Cuando se ganó la confianza de sus jefes le permitían transportar mil libras y en alguna ocasión logró recibir hasta 70 dólares por cada una. Para ese momento no sólo la movía, ya también contactaba a los compradores finales en un ambiente donde había logrado subir peldaños.

“Nunca quise traficar otra cosa que no fuera mariguana, sabía que la pena por ese delito era menos severa que con metanfetaminas; con meta significan más de 10 años. Además, en cierto lugar de mi mente me decía que esa droga era más nociva”, afirma.

“El dinero fácil se gasta fácil”, dice convencido el excriminal, pues así como obtenía grandes cantidades de dinero también las gastaba en ropa y restaurantes de lujo. En algún momento tuvo nueve autos en la cochera de la casa que rentaba.

Pablo tenía novia, una chica que conoció en el mismo ambiente criminal, y con ella disfrutaba del ingreso que percibía. “Nos dábamos una buena vida; de hecho, ella también era parte de una familia que se dedicaba a la actividad ilícita”, indica.

En siete años de vida criminal conoció a funcionarios de migración y empresarios que se encargaban de lavar el dinero sucio. Fue deportado en dos ocasiones, irónicamente por faltas de tránsito, y le fue sencillo volver a Estados Unidos y continuar con la labor que le permitía vivir entre lujos.

Allá, en Sinaloa, su familia desconocía la forma en que se ganaba la vida. Con frecuencia les mandaba dinero, cantidades que no llamaran la atención a fin de mantenerse fuera del alcance de la justicia.

Llegado 2011, Pablo ya movía una buena cantidad de droga y parecía que su vida estaba arreglada. En una ocasión armó una fuerte venta y citó al comprador en un almacén de los que tienen varias bodegas; desde el principio algo le dio mala espina, pero decidió continuar pues la mercancía estaba apalabrada.

Lo que no sabía es que uno de sus compañeros lo había entregado a la DEA a cambio de un buen trato de la justicia estadounidense.

Cuando Pablo llegó al lugar y cerró el trato, sorpresivamente aparecieron los elementos antidrogas, quienes mostraron sus placas y arrestaron a los traficantes. “No pude reaccionar, nos pidieron que nos tiráramos al suelo y lo hicimos; de pronto ya estaba en una patrulla con las manos esposadas”.

Cambio de vida

El proceso judicial fue justo y la sentencia de seis años de prisión; durante ese tiempo rodó por tres cárceles de Arizona y en Florence pasó sus últimos seis meses.

“La vida allí es triste; aunque mi familia me visitaba, extrañaba la libertad; uno de mis compañeros tenía esposa y cuando fue a visitarlo le sugerí presentarme a una de sus amigas, ella dijo que sí, aunque yo no guardé muchas esperanzas”.

En la siguiente visita, Pablo recibió una sorpresa: le presentaron a María, una sanluisina de la que dice se enamoró a primera vista. “Teníamos media hora de visita y se nos fue como si se tratará de segundos, los últimos seis meses no la pase tan mal”.

Durante su estancia en la cárcel Pablo conoció a muchos sanluisinos, uno de ellos de 17 años que cruzaba droga por el desierto y fue encarcelado.

Pronto llegó el día en que finalmente pudo salir de las rejas; fue deportado por la frontera de Nogales, Sonora, tomó el camión a su natal Sinaloa y al llegar fue bien recibido por su familia.

Rápidamente y motivado por su nuevo amor, retomó su vida en el negocio familiar y continuó sus estudios universitarios, curiosamente en la carrera de Criminología, mientras mantenía su relación con María, a quien visitó durante un año, dos veces al mes. Finalmente el amor le ganó y no pudo resistir la ausencia. Decidió mudarse a San Luis Río Colorado y casarse.

Hoy tiene una hija de un año y meses, revalidó materias en una universidad local y sigue estudiando; en agosto pretende graduarse.

Pablo dice que después de a su familia, es la primera vez que narra su historia, de la cual no se siente muy orgulloso, pero tampoco se arrepiente pues le dio la oportunidad de conocer a su esposa, quien le dio una hermosa hija.

“La vida del narco quedó atrás, hoy vivo muy a gusto; trabajo en un Oxxo, tengo un puesto donde me cambian constantemente de sucursales pero gano mejor que siendo sólo cajero. Me va bien, pero claro que jamás como cuando movía droga. No me quejo, ahora soy libre”.

“No pude reaccionar, nos pidieron que nos tiráramos al suelo y lo hicimos; de pronto ya estaba en una patrulla con las manos esposadas”, cuenta Pablo (nombre ficticio) enganchado por el crimen organizado a los 21 años a una banda dedicada al robo de autos en Arizona, Estados Unidos, deslumbrado por el dinero en abundancia y las emociones fuertes.

La adrenalina, el dinero fácil y los corridos cuentan una historia que atrae mucho a los adolescentes y jóvenes, quienes creen que se volverán el Chapo Guzmán al integrarse a ese mundo.

Subir peldaños

Oriundo de Guasave, Sinaloa, estado identificado como cuna del crimen organizado y donde diariamente se perciben negocios ilícitos que generan millones de pesos en ganancias, pero también mucha muerte; gozaba de una buena calidad de vida, pero al ver la cotidianidad del crimen, como si se tratara de algo normal, Pablo acepta que no midió los riesgos y se enroló. Su padre es aún operador de camiones de carga y su mamá profesora de educación primaria, y él no reparó en cruzar ilegalmente la frontera que divide a México y Estados Unidos para dedicarse al crimen, en 2004.

En Arizona robó autos, alrededor de tres por día, con ingresos de hasta 2 mil 700 dólares, que al tipo de cambio actual serían unos 48 mil 600 pesos diarios, los mismos que en promedio anualmente recibe un trabajador de maquiladora, que gana 870 pesos por semana.

Cuando no eran automóviles, el negocio alcanzaba jet skies, botes y todo tipo de unidades de lujo; la banda que integraba era apenas el primer eslabón de la cadena. Todos los vehículos eran traídos a México.

Los buenos resultados hicieron que pronto Pablo llamara la atención del cártel de Sinaloa, el cual lo reclutó para mover droga: su labor era recibirla y transportarla al comprador. Inicialmente ganaba un dólar por libra y para el final de su carrera eran grandes volúmenes de mariguana y ya la cobraba a otro precio.

“Empezamos con 100 y 150 libras, era poco; en ese tiempo yo también trabajaba en la construcción y buscaba legalizar el dinero que gastaba. Un dólar era poco para los años de prisión que me esperaban si era atrapado, no alcanzaría ni para pagar el abogado”, explica.

El nivel de confianza fue medido por el grupo criminal y con ello aumentaron sus ingresos. Cuando se ganó la confianza de sus jefes le permitían transportar mil libras y en alguna ocasión logró recibir hasta 70 dólares por cada una. Para ese momento no sólo la movía, ya también contactaba a los compradores finales en un ambiente donde había logrado subir peldaños.

“Nunca quise traficar otra cosa que no fuera mariguana, sabía que la pena por ese delito era menos severa que con metanfetaminas; con meta significan más de 10 años. Además, en cierto lugar de mi mente me decía que esa droga era más nociva”, afirma.

“El dinero fácil se gasta fácil”, dice convencido el excriminal, pues así como obtenía grandes cantidades de dinero también las gastaba en ropa y restaurantes de lujo. En algún momento tuvo nueve autos en la cochera de la casa que rentaba.

Pablo tenía novia, una chica que conoció en el mismo ambiente criminal, y con ella disfrutaba del ingreso que percibía. “Nos dábamos una buena vida; de hecho, ella también era parte de una familia que se dedicaba a la actividad ilícita”, indica.

En siete años de vida criminal conoció a funcionarios de migración y empresarios que se encargaban de lavar el dinero sucio. Fue deportado en dos ocasiones, irónicamente por faltas de tránsito, y le fue sencillo volver a Estados Unidos y continuar con la labor que le permitía vivir entre lujos.

Allá, en Sinaloa, su familia desconocía la forma en que se ganaba la vida. Con frecuencia les mandaba dinero, cantidades que no llamaran la atención a fin de mantenerse fuera del alcance de la justicia.

Llegado 2011, Pablo ya movía una buena cantidad de droga y parecía que su vida estaba arreglada. En una ocasión armó una fuerte venta y citó al comprador en un almacén de los que tienen varias bodegas; desde el principio algo le dio mala espina, pero decidió continuar pues la mercancía estaba apalabrada.

Lo que no sabía es que uno de sus compañeros lo había entregado a la DEA a cambio de un buen trato de la justicia estadounidense.

Cuando Pablo llegó al lugar y cerró el trato, sorpresivamente aparecieron los elementos antidrogas, quienes mostraron sus placas y arrestaron a los traficantes. “No pude reaccionar, nos pidieron que nos tiráramos al suelo y lo hicimos; de pronto ya estaba en una patrulla con las manos esposadas”.

Cambio de vida

El proceso judicial fue justo y la sentencia de seis años de prisión; durante ese tiempo rodó por tres cárceles de Arizona y en Florence pasó sus últimos seis meses.

“La vida allí es triste; aunque mi familia me visitaba, extrañaba la libertad; uno de mis compañeros tenía esposa y cuando fue a visitarlo le sugerí presentarme a una de sus amigas, ella dijo que sí, aunque yo no guardé muchas esperanzas”.

En la siguiente visita, Pablo recibió una sorpresa: le presentaron a María, una sanluisina de la que dice se enamoró a primera vista. “Teníamos media hora de visita y se nos fue como si se tratará de segundos, los últimos seis meses no la pase tan mal”.

Durante su estancia en la cárcel Pablo conoció a muchos sanluisinos, uno de ellos de 17 años que cruzaba droga por el desierto y fue encarcelado.

Pronto llegó el día en que finalmente pudo salir de las rejas; fue deportado por la frontera de Nogales, Sonora, tomó el camión a su natal Sinaloa y al llegar fue bien recibido por su familia.

Rápidamente y motivado por su nuevo amor, retomó su vida en el negocio familiar y continuó sus estudios universitarios, curiosamente en la carrera de Criminología, mientras mantenía su relación con María, a quien visitó durante un año, dos veces al mes. Finalmente el amor le ganó y no pudo resistir la ausencia. Decidió mudarse a San Luis Río Colorado y casarse.

Hoy tiene una hija de un año y meses, revalidó materias en una universidad local y sigue estudiando; en agosto pretende graduarse.

Pablo dice que después de a su familia, es la primera vez que narra su historia, de la cual no se siente muy orgulloso, pero tampoco se arrepiente pues le dio la oportunidad de conocer a su esposa, quien le dio una hermosa hija.

“La vida del narco quedó atrás, hoy vivo muy a gusto; trabajo en un Oxxo, tengo un puesto donde me cambian constantemente de sucursales pero gano mejor que siendo sólo cajero. Me va bien, pero claro que jamás como cuando movía droga. No me quejo, ahora soy libre”.

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