/ miércoles 10 de julio de 2024

Cruzando líneas | El día después

Cómo quisiéramos cerrar los ojos y voltear a otro lado, hacer como que no vemos la caída libre en el abismo político que representan estas elecciones en Estados Unidos. Tenemos pena propia y ajena. Esta nación, una de las más poderosas del mundo, está a merced de dos candidatos que no deberían ni siquiera estar en contienda para la presidencia; les sobran años y les faltan fuerzas.

Ver el debate presidencial fue doloroso. Hubiéramos deseado que ese encuentro fuera una parodia, pero incluso las burlas tienen más sentido que lo que pasó esa noche en el escenario. ¿Esto es, de verdad, lo mejor que pudimos conseguir para la Casa Blanca? Si el presente desconcierta, el futuro no luce mucho mejor.

No fueron solo las mentiras y las lagunas, los silencios y los gestos, los que perturbaron, si no lo que pasó después. Son muchos los que le piden a Joe Biden que deje la contienda, que se baje del barco y termine su gestión con dignidad. Muy poco probable a estas alturas del partido. Los demócratas se lo juegan todo y apenas se dieron cuenta que su gallo quizá ya no aguanta otra pelea. Pero tampoco son pocos los que dicen que votarían por lo que sea antes que por Trump, sin importar cuán frágil, senil o perdido esté.

Biden ganó en el 2020 no por él mismo, sino porque no era Trump. En este 2024 se ve muy lejana la posibilidad de que la fórmula se repita. En la pandemia, al candidato demócrata le ayudó el aislamiento, la falta de contacto social, los mítines virtuales, la campaña lejana e impersonal; esta vez nadie lo salva. Lo que pasó en el debate no es un hecho aislado, es el cúmulo de incidentes que no se pueden esconder más y que algunos insisten en negar. En mi pueblo dicen “lo que se ve no se pregunta”, pero a mí me quedan muchas dudas.

Mientras Biden se encoje, Trump se agranda. A él no le piden que se haga a un lado, a pesar de haber sido declarado culpable, seguir en problemas legales y sus múltiples escándalos. Esto también es una amenaza. Uno se pierde y el otro se inventa; uno olvida, el otro intimida. Entre más se desvanece el presidente, más probabilidades hay de que vuelva el ex. Si las elecciones fueran hoy, después de ese debate tan desafortunado, Trump sería presidente. Y no sé si me da más miedo que se quede el que está o vuelva el que se fue, y ¿a ti?

Los dos deberían hacerse a un lado, pero ¿quién sería un presidenciable? Es, tal vez, demasiado tarde para volver a empezar. Las contiendas no son una meta, sino un proceso, largo y doloroso como las de este 2024, y en esta etapa deberíamos estar preocupados por meter turbo y no sacar el freno de mano.

Pero no votar sigue siendo el mayor de los males, sí, más incluso que Trump o Biden. El abstencionismo sería como regresar el tiempo y permitir que las voces más ruidosas se apoderen de los mismos espacios y apaguen las pequeñas revoluciones sociales que nos han llevado hasta donde estamos hoy en este eterno camino por los derechos civiles y humanos.

Sé que, independientemente del resultado de las elecciones presidenciales, la resaca política y social del 6 de noviembre la sentiremos todos. No hay manera en la que el día después nos traiga júbilo, si la situación continúa tal como está, pero lo que sí podemos pensar es en la sanación. ¿Estás listo para el día después?


Cómo quisiéramos cerrar los ojos y voltear a otro lado, hacer como que no vemos la caída libre en el abismo político que representan estas elecciones en Estados Unidos. Tenemos pena propia y ajena. Esta nación, una de las más poderosas del mundo, está a merced de dos candidatos que no deberían ni siquiera estar en contienda para la presidencia; les sobran años y les faltan fuerzas.

Ver el debate presidencial fue doloroso. Hubiéramos deseado que ese encuentro fuera una parodia, pero incluso las burlas tienen más sentido que lo que pasó esa noche en el escenario. ¿Esto es, de verdad, lo mejor que pudimos conseguir para la Casa Blanca? Si el presente desconcierta, el futuro no luce mucho mejor.

No fueron solo las mentiras y las lagunas, los silencios y los gestos, los que perturbaron, si no lo que pasó después. Son muchos los que le piden a Joe Biden que deje la contienda, que se baje del barco y termine su gestión con dignidad. Muy poco probable a estas alturas del partido. Los demócratas se lo juegan todo y apenas se dieron cuenta que su gallo quizá ya no aguanta otra pelea. Pero tampoco son pocos los que dicen que votarían por lo que sea antes que por Trump, sin importar cuán frágil, senil o perdido esté.

Biden ganó en el 2020 no por él mismo, sino porque no era Trump. En este 2024 se ve muy lejana la posibilidad de que la fórmula se repita. En la pandemia, al candidato demócrata le ayudó el aislamiento, la falta de contacto social, los mítines virtuales, la campaña lejana e impersonal; esta vez nadie lo salva. Lo que pasó en el debate no es un hecho aislado, es el cúmulo de incidentes que no se pueden esconder más y que algunos insisten en negar. En mi pueblo dicen “lo que se ve no se pregunta”, pero a mí me quedan muchas dudas.

Mientras Biden se encoje, Trump se agranda. A él no le piden que se haga a un lado, a pesar de haber sido declarado culpable, seguir en problemas legales y sus múltiples escándalos. Esto también es una amenaza. Uno se pierde y el otro se inventa; uno olvida, el otro intimida. Entre más se desvanece el presidente, más probabilidades hay de que vuelva el ex. Si las elecciones fueran hoy, después de ese debate tan desafortunado, Trump sería presidente. Y no sé si me da más miedo que se quede el que está o vuelva el que se fue, y ¿a ti?

Los dos deberían hacerse a un lado, pero ¿quién sería un presidenciable? Es, tal vez, demasiado tarde para volver a empezar. Las contiendas no son una meta, sino un proceso, largo y doloroso como las de este 2024, y en esta etapa deberíamos estar preocupados por meter turbo y no sacar el freno de mano.

Pero no votar sigue siendo el mayor de los males, sí, más incluso que Trump o Biden. El abstencionismo sería como regresar el tiempo y permitir que las voces más ruidosas se apoderen de los mismos espacios y apaguen las pequeñas revoluciones sociales que nos han llevado hasta donde estamos hoy en este eterno camino por los derechos civiles y humanos.

Sé que, independientemente del resultado de las elecciones presidenciales, la resaca política y social del 6 de noviembre la sentiremos todos. No hay manera en la que el día después nos traiga júbilo, si la situación continúa tal como está, pero lo que sí podemos pensar es en la sanación. ¿Estás listo para el día después?