/ jueves 15 de diciembre de 2022

La culpa por parar

Cargamos un saco lleno de disculpas. Echamos, echamos y echamos, pero pocas veces nos paramos para vaciar. Sentimos culpa por los privilegios, por los errores, por las ideas, por el debería ser, por lo que hicimos y por lo que no, culpa por producir, y por no hacerlo. He descubierto que a mí la que me tiene enmarañada es la culpa por el descanso. Me cuesta mucho parar y sé que probablemente a ti también.

No es solo la crianza, también es nuestra cultura la que nos enseña que siempre debemos estar haciendo algo. Lo cargamos desde aquellas mamás latinas que nos despiertan los sábados temprano para que limpiemos nuestro cuarto o los papás que nos obligan los fines de semana a cortar el césped. No es solo la culpa por las responsabilidades que nos hemos echado al hombro de manera voluntaria o las que nos han colgado a nuestro pesar, es la culpa más profunda de no estar haciendo algo, cuando en realidad descansar es un todo.

Pocas veces reconocemos la ansiedad que nos genera sentarnos a hacer nada. Me cuesta. No me desconecto. Pongo una serie en la televisión mientras tecleo algo en el ordenador y reviso mi celular, al mismo tiempo doblo ropa, reviso la comida, y le grito a mis hijos que se laven los dientes. No existe un momento en el que esté despierta y consciente en el que no esté produciendo algo de trabajo, en la familia, y muy pocas veces para mí misma. Y cuando un día, aparentemente en mi agenda no hay tantos eventos reuniones o trabajo, me entra la ansiedad por acomodar los calcetines, el clóset, limpiar los gabinetes de la cocina y descubrir que el garaje es un desastre desde la Navidad pasada. No puedo parar, no me permito hacerlo. Hasta que ya no puedo más, ¿te pasa lo mismo?

El mundo profesional nos pide estar siempre haciendo algo. Si haces una pausa larga, la pagas con creces. Y eso tiene una factura en cómo percibimos la vida y todo lo que nos rodea, principalmente en nuestros países en los que nos enseñan que el mérito se logra siempre solo después de una talacha intensa.

Hasta hace apenas dos años, la salud mental era un tema del que poco hablábamos. ¡Y Dios nos libre admitir en voz alta que sentimos culpa o estamos cansados! Qué sarcasmo. La pandemia

nos obligó a hacerlo. Nos volvió en seres más humanos y vulnerables. Algunos le prestaron atención a sus contrariedades y otros las utilizaron como pretexto, porque somos los seres humanos de complejos y contrastantes, a veces aprovechados y a veces indiferentes. Y hay que confesar tendemos a sobreexplotar todo, incluso lo que sentimos, o con mayor razón las emociones. Y tendemos a exagerar siempre las culpas y no lo mucho que necesitamos de vez en cuando solo soltar el cuerpo.

Cargamos un saco lleno de disculpas. Echamos, echamos y echamos, pero pocas veces nos paramos para vaciar. Sentimos culpa por los privilegios, por los errores, por las ideas, por el debería ser, por lo que hicimos y por lo que no, culpa por producir, y por no hacerlo. He descubierto que a mí la que me tiene enmarañada es la culpa por el descanso. Me cuesta mucho parar y sé que probablemente a ti también.

No es solo la crianza, también es nuestra cultura la que nos enseña que siempre debemos estar haciendo algo. Lo cargamos desde aquellas mamás latinas que nos despiertan los sábados temprano para que limpiemos nuestro cuarto o los papás que nos obligan los fines de semana a cortar el césped. No es solo la culpa por las responsabilidades que nos hemos echado al hombro de manera voluntaria o las que nos han colgado a nuestro pesar, es la culpa más profunda de no estar haciendo algo, cuando en realidad descansar es un todo.

Pocas veces reconocemos la ansiedad que nos genera sentarnos a hacer nada. Me cuesta. No me desconecto. Pongo una serie en la televisión mientras tecleo algo en el ordenador y reviso mi celular, al mismo tiempo doblo ropa, reviso la comida, y le grito a mis hijos que se laven los dientes. No existe un momento en el que esté despierta y consciente en el que no esté produciendo algo de trabajo, en la familia, y muy pocas veces para mí misma. Y cuando un día, aparentemente en mi agenda no hay tantos eventos reuniones o trabajo, me entra la ansiedad por acomodar los calcetines, el clóset, limpiar los gabinetes de la cocina y descubrir que el garaje es un desastre desde la Navidad pasada. No puedo parar, no me permito hacerlo. Hasta que ya no puedo más, ¿te pasa lo mismo?

El mundo profesional nos pide estar siempre haciendo algo. Si haces una pausa larga, la pagas con creces. Y eso tiene una factura en cómo percibimos la vida y todo lo que nos rodea, principalmente en nuestros países en los que nos enseñan que el mérito se logra siempre solo después de una talacha intensa.

Hasta hace apenas dos años, la salud mental era un tema del que poco hablábamos. ¡Y Dios nos libre admitir en voz alta que sentimos culpa o estamos cansados! Qué sarcasmo. La pandemia

nos obligó a hacerlo. Nos volvió en seres más humanos y vulnerables. Algunos le prestaron atención a sus contrariedades y otros las utilizaron como pretexto, porque somos los seres humanos de complejos y contrastantes, a veces aprovechados y a veces indiferentes. Y hay que confesar tendemos a sobreexplotar todo, incluso lo que sentimos, o con mayor razón las emociones. Y tendemos a exagerar siempre las culpas y no lo mucho que necesitamos de vez en cuando solo soltar el cuerpo.

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