/ jueves 11 de noviembre de 2021

El sabio silencio de la frontera

Hay algo de extraño en ver las garitas vacías en Nogales, Arizona. La imaginé rebosadas de cláxones y carcajadas, de turistas impacientes por cruzar a Estados Unidos después de una pandemia y más de 19 meses de restricciones fronterizas, pero no. La emoción duró un par de horas la medianoche del 8 de noviembre; después, todo sereno.

No soy la única. La decepción se nota también entre las autoridades estadounidenses; aunque, sin admitirlo en voz alta, quizá sienten un poco de alivio ante el regreso a cuentagotas de los turistas mexicanos. Estaban preparados para un ciclón y en los primeros días de la reapertura, solo se sintió una llovizna. Hoy, el cielo sigue despejado. Las predicciones de las largas filas y los tumultos en las tiendas se parecen mucho a los pronósticos del tiempo: cambian a capricho de la naturaleza, incluso la humana.

La noche de la reapertura se convirtió en una celebración con tintes políticos. Manos que se estrechan a través de la frontera, fotografías de periódico con el primer turista en cruzar, entrevistas bilingües para hablar de la interdependencia económica de los Nogales y, luego, nosotros, los periodistas, entorpeciendo el cruce entre la emoción y el compromiso de informar. Barrimos la garita con cámaras y micrófonos. Lo invadimos casi todo; tal vez de más.

Y con el amanecer llegó la calma, una que nadie esperaba. Los que podían cruzar se intimidaron con meras suposiciones: ¡Habrá un gentío!, ¡tardaremos horas!, ¡no tengo aún el comprobante de vacunación oficial! Los medios alimentamos esos miedos y el tiempo nos puso en nuestro lugar. Somos parte del fenómeno: atarantamos y nos ensordecimos.

Pero es hora de escuchar el silencio, casi siempre impuesto e incómodo, pero sabio. ¿Qué no captamos cuando nos engolosinamos de palabras y esperanzas? La vida real, la de hoy, en plena pandemia, no la de antes ni la que viene: este momento histórico y aleccionador. Descifrar el caos no es tan difícil cuando se escuchan las pausas entre las realidades que aturden.

El mexicano, en especial el norteño, aprendió -tal vez a la fuerza- a invertir en su tierra y dejar de ver al Norte. Ahora, viaja por gusto y no por la necesidad. Tiene opciones y por hoy decide quedarse y mañana, si lo quiere, puede cambiar de opinión. No es, como lo han retratado mucho, una masa homogénea que aspira solo a irse y gastar. Es más que un signo de pesos, una tarjeta de crédito o un billete de dólar. Además, está golpeado por la pandemia, las elecciones, la falta de empleo y la eterna crisis y gastos.

Estados Unidos también tiene culpa. El rezago en sus trámites migratorios se coló el muro y llegó a las embajadas. Miles de visas expiraron y no hay citas disponibles; tampoco se nota voluntad para acelerar los procesos de expedición y renovación de documentos oficiales. Además, no negoció con su vecino del sur la estrategia de vacunación. Muchos de los más asiduos visitantes extranjeros solo tuvieron la oportunidad de recibir inoculaciones que aún no son aprobadas por el gobierno; eso, aunado a los desafíos económicos creados por la pandemia, es algo así como un disparo en el pie en pleno duelo anunciado.


Hay algo de extraño en ver las garitas vacías en Nogales, Arizona. La imaginé rebosadas de cláxones y carcajadas, de turistas impacientes por cruzar a Estados Unidos después de una pandemia y más de 19 meses de restricciones fronterizas, pero no. La emoción duró un par de horas la medianoche del 8 de noviembre; después, todo sereno.

No soy la única. La decepción se nota también entre las autoridades estadounidenses; aunque, sin admitirlo en voz alta, quizá sienten un poco de alivio ante el regreso a cuentagotas de los turistas mexicanos. Estaban preparados para un ciclón y en los primeros días de la reapertura, solo se sintió una llovizna. Hoy, el cielo sigue despejado. Las predicciones de las largas filas y los tumultos en las tiendas se parecen mucho a los pronósticos del tiempo: cambian a capricho de la naturaleza, incluso la humana.

La noche de la reapertura se convirtió en una celebración con tintes políticos. Manos que se estrechan a través de la frontera, fotografías de periódico con el primer turista en cruzar, entrevistas bilingües para hablar de la interdependencia económica de los Nogales y, luego, nosotros, los periodistas, entorpeciendo el cruce entre la emoción y el compromiso de informar. Barrimos la garita con cámaras y micrófonos. Lo invadimos casi todo; tal vez de más.

Y con el amanecer llegó la calma, una que nadie esperaba. Los que podían cruzar se intimidaron con meras suposiciones: ¡Habrá un gentío!, ¡tardaremos horas!, ¡no tengo aún el comprobante de vacunación oficial! Los medios alimentamos esos miedos y el tiempo nos puso en nuestro lugar. Somos parte del fenómeno: atarantamos y nos ensordecimos.

Pero es hora de escuchar el silencio, casi siempre impuesto e incómodo, pero sabio. ¿Qué no captamos cuando nos engolosinamos de palabras y esperanzas? La vida real, la de hoy, en plena pandemia, no la de antes ni la que viene: este momento histórico y aleccionador. Descifrar el caos no es tan difícil cuando se escuchan las pausas entre las realidades que aturden.

El mexicano, en especial el norteño, aprendió -tal vez a la fuerza- a invertir en su tierra y dejar de ver al Norte. Ahora, viaja por gusto y no por la necesidad. Tiene opciones y por hoy decide quedarse y mañana, si lo quiere, puede cambiar de opinión. No es, como lo han retratado mucho, una masa homogénea que aspira solo a irse y gastar. Es más que un signo de pesos, una tarjeta de crédito o un billete de dólar. Además, está golpeado por la pandemia, las elecciones, la falta de empleo y la eterna crisis y gastos.

Estados Unidos también tiene culpa. El rezago en sus trámites migratorios se coló el muro y llegó a las embajadas. Miles de visas expiraron y no hay citas disponibles; tampoco se nota voluntad para acelerar los procesos de expedición y renovación de documentos oficiales. Además, no negoció con su vecino del sur la estrategia de vacunación. Muchos de los más asiduos visitantes extranjeros solo tuvieron la oportunidad de recibir inoculaciones que aún no son aprobadas por el gobierno; eso, aunado a los desafíos económicos creados por la pandemia, es algo así como un disparo en el pie en pleno duelo anunciado.


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