/ jueves 20 de mayo de 2021

¿Fuera máscaras?

ARIZONA – Tenemos una memoria muy caprichosa. Juramos que no olvidaremos, pero el tiempo canijo hace que rompamos la promesa. Hace menos de dos meses que estoy completamente vacunada y siento tentación de volver a lo que fue: planear viajes, abrazar, besar, salir de reporteo o de happy hour y arrancarme el cubrebocas. Me detengo. No soy la única. ¿Qué no aseguramos que la pandemia nos había cambiado? Tal vez solo nos puso una parte del ser en pausa.

Cuando el Centro de Control de Enfermedades (CDC, por sus siglas en inglés) indicó que los vacunados ya podíamos decirle adiós al cubrebocas en Estados Unidos, sentí confusión y aprehensión. No sé si estoy lista para salir con todo. De este lado de la frontera, millones vivimos con el privilegio de volver a empezar y respirar y se nos antoja ya cambiar la página, dejar atrás el año más desafiante de nuestras vidas y volver empezar; pero la mayoría de la población mundial aún no tiene acceso al mismo sueño.

Vivimos una transición acelerada por la presión y las ganas. El aislamiento obligatorio fue muy corto, algunas restricciones por la pandemia duraron menos de lo que me hubiera gustado y, ahora, sentimos este aventón que nos dio la vacuna al mundo real, que – la verdad- no es tan distinto al de antes. Pareciera que la inmunización también nos blindó de la empatía que apenas habíamos conseguido al enfrentar al mundo juntos contra el coronavirus.

No puedo soltar el cubrebocas aún. Me tocó enterrar a alguien muy querido en la pandemia y siento que hacer como que nada hubiera pasado sería una burla. Tampoco quiero estancarme en la burbuja que construí para mí y los míos. Respeto a los que muestran sus rostros y sus sonrisas sin miedo, pero yo no puedo evitar preguntarme ¿cómo volver sin olvidar?

Quizá la máscara que nos deberíamos quitar es la del ser… sí, de todo aquello que ocultamos y quizá se intensificó durante la pandemia… y ahora lo negamos: Los miedos desbordados, las alegrías exageradas, las emociones sin control; un crisol de humanismo que se iba de un extremo a otro en instantes. Hasta entonces, con nuestro rostro y el alma descubiertos, salgamos ahora así al mundo.

Ojalá que cuando nuestros lentes ya no se empañen por los cubrebocas y podamos tocarnos como antes, no se nos olvide todo lo que nos pasó y lo que aún le sigue pasando a tantos. La pandemia no se ha acabado. Se transforma. Ahora hay que lidiar con las consecuencias de salud mental que nos dejó el encierro, el virus, la vulnerabilidad y la sociedad. En esta nueva normalidad, quizá no se llenen los hospitales de pacientes, pero sí el mundo de indiferentes. Estamos justo a tiempo.

Mientras brincamos esa fina línea que divide el ayer que no debemos olvidar y al futuro que no podemos culpar, seamos reales.


ARIZONA – Tenemos una memoria muy caprichosa. Juramos que no olvidaremos, pero el tiempo canijo hace que rompamos la promesa. Hace menos de dos meses que estoy completamente vacunada y siento tentación de volver a lo que fue: planear viajes, abrazar, besar, salir de reporteo o de happy hour y arrancarme el cubrebocas. Me detengo. No soy la única. ¿Qué no aseguramos que la pandemia nos había cambiado? Tal vez solo nos puso una parte del ser en pausa.

Cuando el Centro de Control de Enfermedades (CDC, por sus siglas en inglés) indicó que los vacunados ya podíamos decirle adiós al cubrebocas en Estados Unidos, sentí confusión y aprehensión. No sé si estoy lista para salir con todo. De este lado de la frontera, millones vivimos con el privilegio de volver a empezar y respirar y se nos antoja ya cambiar la página, dejar atrás el año más desafiante de nuestras vidas y volver empezar; pero la mayoría de la población mundial aún no tiene acceso al mismo sueño.

Vivimos una transición acelerada por la presión y las ganas. El aislamiento obligatorio fue muy corto, algunas restricciones por la pandemia duraron menos de lo que me hubiera gustado y, ahora, sentimos este aventón que nos dio la vacuna al mundo real, que – la verdad- no es tan distinto al de antes. Pareciera que la inmunización también nos blindó de la empatía que apenas habíamos conseguido al enfrentar al mundo juntos contra el coronavirus.

No puedo soltar el cubrebocas aún. Me tocó enterrar a alguien muy querido en la pandemia y siento que hacer como que nada hubiera pasado sería una burla. Tampoco quiero estancarme en la burbuja que construí para mí y los míos. Respeto a los que muestran sus rostros y sus sonrisas sin miedo, pero yo no puedo evitar preguntarme ¿cómo volver sin olvidar?

Quizá la máscara que nos deberíamos quitar es la del ser… sí, de todo aquello que ocultamos y quizá se intensificó durante la pandemia… y ahora lo negamos: Los miedos desbordados, las alegrías exageradas, las emociones sin control; un crisol de humanismo que se iba de un extremo a otro en instantes. Hasta entonces, con nuestro rostro y el alma descubiertos, salgamos ahora así al mundo.

Ojalá que cuando nuestros lentes ya no se empañen por los cubrebocas y podamos tocarnos como antes, no se nos olvide todo lo que nos pasó y lo que aún le sigue pasando a tantos. La pandemia no se ha acabado. Se transforma. Ahora hay que lidiar con las consecuencias de salud mental que nos dejó el encierro, el virus, la vulnerabilidad y la sociedad. En esta nueva normalidad, quizá no se llenen los hospitales de pacientes, pero sí el mundo de indiferentes. Estamos justo a tiempo.

Mientras brincamos esa fina línea que divide el ayer que no debemos olvidar y al futuro que no podemos culpar, seamos reales.


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