/ jueves 7 de julio de 2022

Masacre al patriotismo

Tenemos mala memoria cuando nos conviene. Hay recuerdos que desearíamos borrar de nuestra mente y de la memoria colectiva, pero no se puede. Recordar nos obliga a revivirlos. Así nos pasó irónicamente el Día de la Independencia de Estados Unidos.

Esa fecha marcada por el patriotismo, las barras y las estrellas, las reuniones familiares y los fuegos artificiales, se convirtió en sinónimo de muerte y sangre. Durante un desfile, en uno de los suburbios de clase media y alta de Chicago, un joven arremetió contra el público con un rifle de alta potencia. Mató a seis e hirió a más de 20. ¿Los motivos? Nadie los sabe. ¿Cómo consiguió las armas? Tampoco. Pero, técnicamente estaba en su derecho de comprarlas y portarlas; su país se lo dio.

En lo que va de 2022 se han registrado más de 250 tiroteos masivos en el país. En 2020, que fue uno de los años con más violencia con armas de fuego, se reportaron alrededor de 500. Estados Unidos y su doble moral le cuesta la vida a más de 40 mil personas cada año. El acceso a las armas de fuego poco regulado se convierte en un bumerán y muchos mueren en el lanzamiento y más en el regreso.

Pero este país a pesar de las múltiples tragedias que han enlutado a la nación no está listo para tener esa conversación. Los deudos están presionando para obligar a los legisladores a verlos, a darles la cara a resolver con algo más que pensamientos y plegarias. Pero son los mismos funcionarios electos los que olvidan tan o más rápido que la mayoría. Quizá si no se habla de ello, la irritación muera más rápido. Descarados.

¿Cuánto tiempo ha pasado desde la horrorosa tragedia de Uvalde o de Búfalo? No es suficiente. Los cuerpos se enfrían y el coraje público también; se transforma en indignación y se va muriendo poco a poco con la impotencia. Duele mucho, pero el tiempo es traicionero… cada vez pesa menos.

La misma semana del fallo de la Corte Suprema respecto al aborto, el Congreso de Estados Unidos aprobó una legislación que endurece –no por mucho- la adquisición, venta y portación de las armas de fuego en el país. Los cambios no son tan drásticos como pedían los demócratas, pero significaron un primer paso en un debate en donde los conservadores nunca quieren ceder.

La ley, firmada por el presidente Joe Biden, obliga a una revisión de antecedentes penales a los jóvenes de entre 18 y 21 años que quieran comprar un arma; obliga a los comerciantes a registrarse con una licencia federal; prohíbe a las personas que tienen historial de violencia doméstica a adquirir o portar una, y designa más fondos a la seguridad escolar y programas de salud mental. Es un primer paso; pero no es suficiente.

En Estados Unidos es más fácil obtener un arma de fuego que un camino a la legalización migrante; es más fácil ir a una tienda de municiones que tener cobertura médica por salud mental; es más conveniente escudar las cruces en la Segunda Enmienda que traicionar a los intereses especiales que llevan a muchos a la Casa Blanca o el Congreso; es más fácil morir por plomo que por una enfermedad terminal. Todos somos un gatillo.

Tenemos mala memoria cuando nos conviene. Hay recuerdos que desearíamos borrar de nuestra mente y de la memoria colectiva, pero no se puede. Recordar nos obliga a revivirlos. Así nos pasó irónicamente el Día de la Independencia de Estados Unidos.

Esa fecha marcada por el patriotismo, las barras y las estrellas, las reuniones familiares y los fuegos artificiales, se convirtió en sinónimo de muerte y sangre. Durante un desfile, en uno de los suburbios de clase media y alta de Chicago, un joven arremetió contra el público con un rifle de alta potencia. Mató a seis e hirió a más de 20. ¿Los motivos? Nadie los sabe. ¿Cómo consiguió las armas? Tampoco. Pero, técnicamente estaba en su derecho de comprarlas y portarlas; su país se lo dio.

En lo que va de 2022 se han registrado más de 250 tiroteos masivos en el país. En 2020, que fue uno de los años con más violencia con armas de fuego, se reportaron alrededor de 500. Estados Unidos y su doble moral le cuesta la vida a más de 40 mil personas cada año. El acceso a las armas de fuego poco regulado se convierte en un bumerán y muchos mueren en el lanzamiento y más en el regreso.

Pero este país a pesar de las múltiples tragedias que han enlutado a la nación no está listo para tener esa conversación. Los deudos están presionando para obligar a los legisladores a verlos, a darles la cara a resolver con algo más que pensamientos y plegarias. Pero son los mismos funcionarios electos los que olvidan tan o más rápido que la mayoría. Quizá si no se habla de ello, la irritación muera más rápido. Descarados.

¿Cuánto tiempo ha pasado desde la horrorosa tragedia de Uvalde o de Búfalo? No es suficiente. Los cuerpos se enfrían y el coraje público también; se transforma en indignación y se va muriendo poco a poco con la impotencia. Duele mucho, pero el tiempo es traicionero… cada vez pesa menos.

La misma semana del fallo de la Corte Suprema respecto al aborto, el Congreso de Estados Unidos aprobó una legislación que endurece –no por mucho- la adquisición, venta y portación de las armas de fuego en el país. Los cambios no son tan drásticos como pedían los demócratas, pero significaron un primer paso en un debate en donde los conservadores nunca quieren ceder.

La ley, firmada por el presidente Joe Biden, obliga a una revisión de antecedentes penales a los jóvenes de entre 18 y 21 años que quieran comprar un arma; obliga a los comerciantes a registrarse con una licencia federal; prohíbe a las personas que tienen historial de violencia doméstica a adquirir o portar una, y designa más fondos a la seguridad escolar y programas de salud mental. Es un primer paso; pero no es suficiente.

En Estados Unidos es más fácil obtener un arma de fuego que un camino a la legalización migrante; es más fácil ir a una tienda de municiones que tener cobertura médica por salud mental; es más conveniente escudar las cruces en la Segunda Enmienda que traicionar a los intereses especiales que llevan a muchos a la Casa Blanca o el Congreso; es más fácil morir por plomo que por una enfermedad terminal. Todos somos un gatillo.

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