/ jueves 22 de abril de 2021

Pásale a mi WhatsApp

ARIZONA – Hola cómo estás. El mensaje tenía acentos, pero no signos de puntuación. Pensé en corregirlo, pero he decidido que si quiero conservar amigos debo dejar de darles cátedras de ortografía.

Bien, ¿y tú? Ya vi que tu WhatsApp ya no es de negocios. Esa fue la primera alarma que decidí ignorar.

Fue que se me formatio mi teléfono. Otra vez, pensé. No era ninguna novedad. El celular de mi amigo y socio tenía un par de semanas fallando: la pila, el sonido, la señal, el internet; cuando no era una cosa era otra.

Necesito un favor. ¡Bien hecho!, pensé. Escribió primero la c y luego la s, ¡caray, sí que vamos mejorando con estas lecciones de español! Le dije que con mucho gusto lo ayudaría; así nos la vivimos, de paro en paro.

Voy a compartir un mensaje contigo que no me quiere llegar a mi teléfono para que me lo envíes por aquí dime si puedes para enviártelo. Tenía la computadora sobre las piernas y estaba transcribiendo una entrevista, mientras mis hijos jugaban Nintendo a todo volumen. Estaba atareada y atarantada. Leí el texto por encima. Nada fuera de lo común. Me llegó un mensaje, le hice captura de pantalla y se lo mandé. Le dije que le regalaría mi celular viejo que, aunque muy usado, está mejor que el suyo… y bromeamos; sí, conversamos como lo hacemos todo el santo día por WhatsApp.

No le presté atención al mensaje de texto que me había, según yo, llegado para él. Ahora que lo leo dice muy claro: “No compartas este código con nadie”. Eso quiere decir que ni él conmigo ni yo con él.

- Quería saber si está utilizando la aplicación de zelle.

- ¿Cómo?

Segunda bandera roja: Me habló de usted y eso no es normal. Me preguntó por Zelle y sabe que por esa aplicación nos pagamos los almuerzos, el trabajo, los préstamos y más.

- ¿Tienes cuenta de zelle oh cash app?

¡Ya valió!

- ¡Estás hackeado!

Y mi WhatsApp se reinició. Intenté entrar una y otra vez, pedía códigos de recuperación que no me llegaban ni por mensajes ni llamadas. La aplicación me decía que la cuenta estaba activada en otro teléfono y que, por exceso de intentos de autentificación, no podría intentar recuperarla hasta dentro de 12 horas.

Al mismo tiempo me llegaban notificaciones de Telegram. Maritza, me hackearon el WhatsApp, no contestes los mensajes.

Demasiado tarde.

Lo que sigue fue doloroso. Más de 300 de mis contactos recibieron diferentes mensajes de mi parte y unas 150 personas a las que ni conozco ni tengo sus números fueron contactadas a través de mi WhatsApp pirateado. Les pedían dinero o códigos, les sacaban plática, socializaban y extorsionaban. Recibí más de 50 llamadas de conocidos que querían alertarme de la estafa. Ellos sabían que no era yo: nunca pido prestado, saludo con singular alegría y siempre escribo con comas y acentos.

Puse en todas mis redes sociales mensajes de alerta y envié notificaciones personalizadas a los de mi directorio personal. Me ofusqué por un momento, pero si algo bueno he aprendido en el último año ha sido bailar bajo la tormenta mientras me caen rayos y centellas encima.

Esta es la segunda vez que tengo un ciberataque en menos de un año; en el primero me dejaron sin acceso a correos y redes sociales. Pedí ayuda especializada. En mis dispositivos tengo candados, VPN, aplicaciones de seguridad, antivirus y muchas medidas para protegerme de los intrusos en la red anónimos. Pero ese no fue el caso. Aquí caí sola, redondita, por bruta yo misma les entregué la clave. Lección aprendida.

Envíe mensajes y correos electrónicos a WhatsApp. Su respuesta fue automatizada y mediocre. Doce horas después intenté entrar de nuevo a mi WhatsApp. Pedí el código; de milagro me llegó, lo introduje e inmediatamente recuperé mi cuenta. Activé los candados de seguridad y la identificación de dos pasos. Trataron de robarme la cuenta seis veces más en menos de dos horas. No lo consiguieron.

Han pasado cuatro días y sigo limpiando los platos rotos. Una disculpa por acá y otra por allá. He saludado a gente que ni recordaba y me he reído con sus capturas de pantalla. No, yo jamás hubiera escrito “ola k ases; nesecito un fabor o me abisas cuando quede para confirmar de resivido”.


ARIZONA – Hola cómo estás. El mensaje tenía acentos, pero no signos de puntuación. Pensé en corregirlo, pero he decidido que si quiero conservar amigos debo dejar de darles cátedras de ortografía.

Bien, ¿y tú? Ya vi que tu WhatsApp ya no es de negocios. Esa fue la primera alarma que decidí ignorar.

Fue que se me formatio mi teléfono. Otra vez, pensé. No era ninguna novedad. El celular de mi amigo y socio tenía un par de semanas fallando: la pila, el sonido, la señal, el internet; cuando no era una cosa era otra.

Necesito un favor. ¡Bien hecho!, pensé. Escribió primero la c y luego la s, ¡caray, sí que vamos mejorando con estas lecciones de español! Le dije que con mucho gusto lo ayudaría; así nos la vivimos, de paro en paro.

Voy a compartir un mensaje contigo que no me quiere llegar a mi teléfono para que me lo envíes por aquí dime si puedes para enviártelo. Tenía la computadora sobre las piernas y estaba transcribiendo una entrevista, mientras mis hijos jugaban Nintendo a todo volumen. Estaba atareada y atarantada. Leí el texto por encima. Nada fuera de lo común. Me llegó un mensaje, le hice captura de pantalla y se lo mandé. Le dije que le regalaría mi celular viejo que, aunque muy usado, está mejor que el suyo… y bromeamos; sí, conversamos como lo hacemos todo el santo día por WhatsApp.

No le presté atención al mensaje de texto que me había, según yo, llegado para él. Ahora que lo leo dice muy claro: “No compartas este código con nadie”. Eso quiere decir que ni él conmigo ni yo con él.

- Quería saber si está utilizando la aplicación de zelle.

- ¿Cómo?

Segunda bandera roja: Me habló de usted y eso no es normal. Me preguntó por Zelle y sabe que por esa aplicación nos pagamos los almuerzos, el trabajo, los préstamos y más.

- ¿Tienes cuenta de zelle oh cash app?

¡Ya valió!

- ¡Estás hackeado!

Y mi WhatsApp se reinició. Intenté entrar una y otra vez, pedía códigos de recuperación que no me llegaban ni por mensajes ni llamadas. La aplicación me decía que la cuenta estaba activada en otro teléfono y que, por exceso de intentos de autentificación, no podría intentar recuperarla hasta dentro de 12 horas.

Al mismo tiempo me llegaban notificaciones de Telegram. Maritza, me hackearon el WhatsApp, no contestes los mensajes.

Demasiado tarde.

Lo que sigue fue doloroso. Más de 300 de mis contactos recibieron diferentes mensajes de mi parte y unas 150 personas a las que ni conozco ni tengo sus números fueron contactadas a través de mi WhatsApp pirateado. Les pedían dinero o códigos, les sacaban plática, socializaban y extorsionaban. Recibí más de 50 llamadas de conocidos que querían alertarme de la estafa. Ellos sabían que no era yo: nunca pido prestado, saludo con singular alegría y siempre escribo con comas y acentos.

Puse en todas mis redes sociales mensajes de alerta y envié notificaciones personalizadas a los de mi directorio personal. Me ofusqué por un momento, pero si algo bueno he aprendido en el último año ha sido bailar bajo la tormenta mientras me caen rayos y centellas encima.

Esta es la segunda vez que tengo un ciberataque en menos de un año; en el primero me dejaron sin acceso a correos y redes sociales. Pedí ayuda especializada. En mis dispositivos tengo candados, VPN, aplicaciones de seguridad, antivirus y muchas medidas para protegerme de los intrusos en la red anónimos. Pero ese no fue el caso. Aquí caí sola, redondita, por bruta yo misma les entregué la clave. Lección aprendida.

Envíe mensajes y correos electrónicos a WhatsApp. Su respuesta fue automatizada y mediocre. Doce horas después intenté entrar de nuevo a mi WhatsApp. Pedí el código; de milagro me llegó, lo introduje e inmediatamente recuperé mi cuenta. Activé los candados de seguridad y la identificación de dos pasos. Trataron de robarme la cuenta seis veces más en menos de dos horas. No lo consiguieron.

Han pasado cuatro días y sigo limpiando los platos rotos. Una disculpa por acá y otra por allá. He saludado a gente que ni recordaba y me he reído con sus capturas de pantalla. No, yo jamás hubiera escrito “ola k ases; nesecito un fabor o me abisas cuando quede para confirmar de resivido”.


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